Día 354: El último post (decir adiós)

Llevo todo el verano pensando en cómo sería el último post, el de despedida. Y, obviamente, no será como me había imaginado. Este año el tiempo me ha dado muchas señales de que esta vivo. Las estaciones, tan marcadas en Lituania. La construcción de un Lidl cerca del centro, viéndolo crecer desde la nada hasta el todo. La evolución del cuerpo de los niños. Las diferentes etapas del coronavirus en este país. Y yo. Yo he sido la señal más obvia de que el tiempo está vivo. Porque me he desarrollado como persona definitivamente. Creo que este año en Lituania ha sido el último paso de mi proceso de maduración, ya soy la persona que quiero ser y tengo claro que mi rumbo es no tener rumbo. 

Ha sido un año muy instrospectivo, y lo agradezco. Lo necesitaba más de lo que pensaba. Mi vida con los voluntarios ha sido muy escasa, por el coronavirus y otras circunstancias. Y ha sido lo mejor que ha podido pasar porque he tenido mucho tiempo para hablar y reflexionar conmigo mismo, dándome cuenta de errores que he cometido en el pasado, de los errores que cometen los demás hacia mí, y de cómo lidiar con todo eso. 

Además, Lituania es el país perfecto para la introspección, porque hay innumerables lugares de paz. La naturaleza es tan amplia y rica, incluso en medio de la ciudad, que casi estás obligado a la autoreflexión. Es lo que te evoca el entorno. Considero que esa también es la razón por la que este ha sido el año más creativo de mi vida, mi mente ha estado despejada. 

En este sentido, he limpiado mi cabeza de algo que siempre la había ocupado bastante, la politica. No he discutido sobre eso, no me he informado, he pasado completamente. Hablo de la política española, de la lituana ni me he interesado en tener una opinión. Esa despreocupación por la política de mi país, al estar lejos, y de la nación en la que vivo, pero no pertenezco, ha sido algo que he disfrutado mucho. Me he sentido muy cómodo con mi condición de extranjero. Tanto que me gustaría mantenerla próximamente.

Como sabéis, llevo un año escribiendo sobre el centro, y en ningún momento he dado nombres de niños o trabajadores. Solo el de Dalius, cuando nos dejó por cumplir 18 años en una de las mayores injusticias que comete la legislación. En este último texto, quiero dar nombres y dedicarle a cada uno unas líneas. Para que, en el futuro, cuando vuelva a acuidar a este diario que siempre ha tenido como objetivo guardar la memoria de mi voluntariado, los nombres permanezcan intactos.

Kristupas: Es extraño decir que un niño de 10 años, que se comunica sobre todo con lenguaje corporal, y con una discapacidad intelectual que descontrola sus comportamientos, se ha convertido en uno de tus mejores amigos. Es extraño, pero así es como lo siento. Kristupas es ese niño que muchos pensáis que es un crack tras leer mis posts. Y lo es. Yo creo que es la persona más feliz de este mundo. Suele estar de risas y fiestas en todo momento, y su enorme sentido del humor contagia a los demás. Es como un dibujo animado de carne y hueso, por su forma de moverse, de comunicarse, sus gestos, sus sonidos. Lo primero que me llamó la atención de él fue que, al entrar cada día en el centro de día, emitía una expresión de sorpresa como si no hubiese estado allí antes. Durante este verano, se pasaba casi todo el tiempo en la caja de arena y excavábamos juntos huecos en los que luego metíamos juguetes y los cubríamos de arena. Después, los sacábamos con nuestras palas y Kristupas actuaba como si no supiese que los juguetes estaban allí escondidos. Su capacidad creativa e imaginativa están fuera del alcance de todas las personas que conozco. Y le envidio por eso. Kristupas me ha hecho feliz. Muy feliz. Me ha acompañado desde el minuto 1. Me acogió porque sabía que yo era el nuevo y, por lo tanto, no conocía las normas, así que podía manejarme mejor para hacer lo que le daba la gana. Pero con el paso de los meses, la relación interesada se fue convirtiendo en una relación amistosa. Aunque ya le echaba broncas y le paraba los pies, seguía queriendo compartir la mayoría de su tiempo conmigo, porque nos lo pasábamos pipa. Me hacía especial emoción cuando me imitaba, como si fuese un hermano mayor, o cuando me abrazaba, me daba besos. O el último viernes, cuando en mitad de la excitación de un show me confesó que se meaba. Parece una tontería pero esa confianza no la tiene con todos. Me lo llevaría conmigo a donde fuese, con todo lo positivo y lo negativo que implica hacerse cargo de un niño como él. No debe ser fácil tenerlo en casa 24 horas. Pero conozco a sus padre y a sus hermanos, personas maravillosas que, junto a mis compañeras, están consiguiente que Kristupas madure y se vaya convirtiendo en un hombrecito. Cada vez que coma pasta ya no comeré pasta, comeré "ooooo", y cada vez que coma pizza ya no comeré pizza, comeré "mamaté".

Saulene: Saulene es una de las personas que he conocido con una personalidad y un carácter más fuertes. Te lo transmite en cada momento. Lo sientes, lo percibes. Y, en ocasiones, se pasa de autoritaria. También es fuerte físicamente y no es del todo consciente de su fuerza, lo cual es normal porque tiene 14 años, su cuerpo está en pleno desarrollo y en esa nadie concibe del todo la fuerza que tiene. Así que me ha podido hacer daño, pero siempre me ha pedido perdón con un abrazo. Voy a echar de menos sus bailes y sus cánticos, escucharla gritar ¡zombi!, su pistola en la sién diciendo yeeeeeeees con voz profunda, todas sus palabras en inglés, su mamas rytas, sus juegos quitándome la pulsera o poniéndome la mascarilla cual antifaz, su forma de intentar que mirase a otro lado diciéndome que había un mosquito, cuando me apresaba y me metía en la cárcel, o nuestros piques por el chate de Facebook, donde espero que sigamos hablamos. Saulene es de esas personas que, si pasas cinco minutos con ella, no la vas a olvidar en la vida. Y si decía que he sentido su fuerte personalidad, también he sentido que me ha querido mucho. El mundo no sabe lo que se pierde con Saulene solo por el hecho de tener demasiados prejuicios preestablecidos.

Marija: Que una madre venga y te diga que su hija se pasa el día nombránte, siempre es un halago. Marija tenía fijación por mí y me daba todo su cariño. Es una de esas personas que tienen una gracia natural excelsa. En algunas situaciones, como el deporte, si sumamos esa gracia a su torpeza podían darse escenas delirantes, para morirse a carcajadas. Me encantaba cuando llegaba por la mañana y nos iba dando un beso uno por uno. O su forma de cantar, que es un "aaaaaaaaaa" constante. O su manera de hablar como a sigilosos golpes de voz. Siempre me ha resultado muy curioso que una persona que irradia tanta alegría, también sea una persona que llore tanto. Estoy seguro que es la persona que más he visto llorar en mi vida. Pero ahí está el reto de los trabajadores del centro, evitar ese tipo de comportamientos provocados por su discapacidad. Por cierto, cuando le ponían un folio en blanco delante junto a unos rotuladores, salían de su mente cosas muy interesantes, mucho más interesantes de las que pudieran salir de la mía, por ejemplo. Por cierto Marija, "ohhh neeeee".

Indre: La princesa. Indre es la princesa. Una princesa que soltaba unos cuantas palabras feas que, por suerte, yo no llegaba a entender. Se me va a hacer duro no escucharla decir "Oscaras Oscaras" tras cada una de mis chorradas. Eso me daba vida. Creo que fue la primera niña del centro con quien intenté mantener conversaciones en lituano, y nunca juzgó mi pésima capacidad. Sin embargo, la sociedad está juzgando constantemente las capacidades de personas como ella. Quizá hay que reflexionar sobre eso. Nunca me voy a olvidar del día en que me pidieron que la vigilase mientras dormía y descubría que roncaba como un hombre de 90 años con problemas pulmonares. Una niña de 11 años, bajita y rubia, blanca y pecosa, cual Snorlax. Cuando se ponía a hablar, siempre tartamudeaba al principio, y yo me podía perder en ese tartamudeo, fijándome en su intento por articular la palabra. Indre es la mujer de este mundo que más ha querido bailar conmigo, y eso se lo agradeceré siempre.

Martynas: Martynas es un mundo apasionante en el que yo he intentado entrar durante estos meses. No fue fácil establecer una relación con él porque no se comunica nada y le cuesta mantener la concentración en una persona. Sin embargo, di con la fórmula. Cuando empecé a compartir más tiempoa  solas con él, cuando el resto dormía la siesta, una compañera me contó que le molaba que hiciesen presión sobre su cuerpo porque no lo siente del todo, así que se me ocurrió hacer wrestling. Nos tumbábamos en el suelo y "peleábamos" tirándonos uno encima del otro. Su sonrisa era de oreja a oreja casi literalmente. Poco a poco fuimos desarollando juntos nuevos juegos como el de aproximarnos las caras junto al tuvo de colores de la habitación de relajación o, en el parque, intentar morderle las piernas. Tuvimos muchísimo contacto físico. Muchísimo. Tanto que hasta nos dimos algún piquito accidental. Su mente, enigmática, me fascinaba, e intentaba descifrarle. Mantuve con él numerosas conversaciones, hablándole en español contándole lo que me pasaba en mi vida. En estas últimas semanas, me ha enamorado cuando se sentaba encima mía, cara a cara, y sonreía sabiendo lo que iba a pasar, que le haría cosquillas o le mordería la cara. Me pasaría el resto de mi vida haciéndolo a pesar del riesgo de me metiese los dedos en los ojos o me aruñase intentando quitarme la mascarilla. Como uno de los últimos días en el coche con su madre, cuando me dejó una cicatriz importante en la nariz. Martynas, por cierto, es sobrino político de un entrenador profesional de baloncesto, Kazys Maksvytis, y su madre me contaba las andanzas de este familiar entrenando al Perm por tierras rusas.

Tajus: Tajus, niño tímido con ataques de extroversión. No me tenía demasiado aprecio la verdad. Y creo que solo me lo tuvo de verdad durante la última semana por una cosa que hice. Porque estos niños funcionan así. Para ganarte la confianza de algunos necesitas ir a poco a poco, con cosas pequeñas. Y otros no te dan su confianza hasta que no des con la clave, que hagas algo grande para ellos. La última semana él estaba esperando junto a otros niños fuera de la cocina. Tajus estaba apoyado en la pared y yo me puse delante de él, dándole la espalda, y preguntaba ¿dónde está Tajus? Y lo niños me señalaban detrás de mí. Entonces, yo giraba todo mi cuerpo y Tajus hacía lo propio, continuando siempre detrás de mí, para que no le viese. Eso le causó tanta risa que a partir de ahí, por pocos días, nuestra relación mejoró radicalmente. Este año Tajus tuvo un hermanito. Y eso se notó en su comportamiento. Pasó a ser más violento con los demás, a cortarse unos pantalones, a hacer menos caso a los trabajadores. En definitiva, se rebeló, algo que sucede en muchos hijos únicos cuando tienen un hermano. Se rebelan contra la atención que les roba el nuevo.

Saule: Hasta el último día, Saule no se había olvidado de que su nombre en español significa Sol. Y ojalá que lo guarde para toda la vida. Ella siempre intentó hablar conmigo en lituano, obviando que pocas veces la entendía. Pero aprecio mucho que nunca cesase en su comunicación, que fue cada vez más fluída. Saule tiene un aura especial, lo digo sinceramente, ese aura de una persona hipersensible, un espíritu libre y romántico. Y no entendía cuando no podía ejercer la libertad, sino seguir la rutina del centro. Se echaba a llorar, no un llanto desconsolado, sino reprimido, quizá porque eso era lo que sentía, represión. Es el riesgo de educar, supongo. Siempre sentí que algo pasaba con la familia de Saule, por cómo las compañeras interactuaban con el padre, por el ambiente que se respiraba cuando el padre o la madre estaban en el centro, o cuando veía al padre llegar con Saule en su coche con la música a tope, como usando la música como excusa para no interactuar con su hija. Estoy completamente seguro que en la familia algo no va bien, pero no quiero saberlo para no despertar ninguna rabia interna. Saule seguro sea la niña con la que es más fácil lidiar, la más madura, la que parece que tiene más posibilidades de ser independiente. Pero también es cierto que va a cumplir 13 años y no sabe sumar y restar. Entonces, deberíamos plantearnos alguna manera de facilitarle la independencia a esas personas que tienen problemas de aprendizaje como en el caso de Saule. Ahora mismo, vivimos en una sociedad en la que sumar y restar es vital para sobrevivir de forma independiente, pero, ¿y si no fuese fundamental?, ¿nos hemos parado a pensar en esa posibilidad para incluir a todos?

Eytvidas: El niño que más me ha desesperado este año ha sido Eytvidas. Llegó nuevo al centro prácticamente al mismo tiempo que yo. Al principio, su participación en nuestra rutina era nula y, ahora que me voy, no es nula pero casi. Es muy complicado incluirle en las actividades y demás, porque no para quieto y es rebeldía pura y dura. Me desespera el que siempre esté intentando golpear, destruir y llevar la contraria. Y pienso que, por supuesto, algo tiene que ver con su hiperactividad, pero también pienso que también tiene que ver con una falta de educación. En el centro intentarán corregirlo, pero el trabajo más importante se debe hacer en casa, y ahí es donde creo que poco va a cambiar. Lo digo por una situación en concreto. Eytvidas llegaba a casa diciendo que Dalius le había pegado. Y la madre un día vino quejándose por eso, hasta que las trabajadoras le dijeron pero a ver, ¿tú conoces a tu hijo? Como diciendo, es tu hijo el que va golpeando a todo el mundo, pues claro, los demás se defienden. Es algo que viví en mi infancia. Algunos padres simplemente miran para otro lado cuando sus hijos tienen un mal comportamiento, lo ignoran para no hacerse responsables o porque idealizan a sus hijos. Es un razonamiento bastante egoísta y que hace mucho daño a la educación de los hijos.

Dalius: Sin duda, el rey, hasta que en abril abandonó la corona. Dalius tuvo que dejar el centro al cumplir los 18 años por culpa de una estúpida ley. ¿En serio una persona por cumplir 18 años ya es un hombre o una mujer adulta? Evidentemente, no. En el caso de Dalius, él necesitaba estar más en el centro, en un sitio al que ya tenía confianza, en el que ya sabían lidiar con él, en el que estaba progresando. Ahora, tendrá que buscar un nuevo centro, para adultos, y es un comienzo de nuevo. Va a perder un tiempo precioso en su educación desde que entre en el centro hasta que se adapte al 100%, y eso puede suceder en más de un año. Por no hablar de la dificultad que va a tener para encontrar un centro, lo que de verdad era el mayor riesgo de sacarlo del nuestro. Cuando era menor, a los padres ya les costó una barbaridad que le aceptasen en algún sitio debido a su comportamiento, hasta que en mi centro lo aceptaron porque nadie lo quería. Ahora, la situación es la misma y ya le han rechazado de nuevo en varias instituciones. Las posibilidades de que consiga un nuevo centro se van reduciendo y cada día que pasa es un día menos para educarle y que pueda ser lo más independiente posible. Y lo necesita porque sus padres superan los 60 años y no van a durar para siempre, y Dalius no tiene hermanos. De alguna forma, hay que controlar sus ataques violentos y repentinos, hay que pararle el impulso de pegarse a sí mismo en la cara, hay que enseñarle a cumplir normas y a convivir en un grupo. Hay que enseñarle tantas cosas todavía... y la legislación le deja tirado, abandonado, a él y a sus padres.

Arminas: Arminas no pisó demasiado el centro durante mi voluntariado. Pero cuando estaba, se hacía notar. Porque es un terremoto y porque revolucionaba a todos los niños, especialmente a Kristupas y a Dalius. Había que mantener alejados a los tres porque permitirles asociarse podía ser un peligro. Arminas tenía un problema, su abuela. La abuela era una general que le reprimía en casa, por eso se desataba en el centro y era más difícil su educación. Además, la abuela no quería que fuese al centro sino que pasase tiempo con ella para hacerle compañía, obvidando que su hijo necesita que le enseñen profesionales. Sí, egoísmo puro y duro de una mujer que pensaba que su nieto era un juguete o un collar que lucir ante sus amigas en el parque. El mejor recuerdo que me quedará de Arminas será en el último día, cuando jugamos a baloncesto improvisando una canasta. Aunque ese recuerdo competirá con él bailando canciones de Queen en una camiseta blanca de asillas como Freddy Mercury, o pidiendo a mis compañeras que pusieran Abba.

Armandas: Durante mi año de voluntariado, Armandas solo estuvo unas dos o tres semanas en el centro. Es un adolescente de 16 años con unas piernas larguísimas y mandíbula superior saliente. Habla perfectamente, pero siempre repite los mismos temas: que vive en Domeikaba, su coche Ford Focusas, su casa en el lago y el trabajo de su madre en Lidlas. Sinceramente, y me duele decirlo, pero de todos los niños del centro es el único que tiene una inteligencia muy limitada. Los demás son más o menos inteligente, como todo el mundo, pero en Armandas sí que se notaban esas limitaciones. Además, tenía otros problemas, como que podía comerse todo lo que tenía delante sin parar. O esa obsesión con los coches le provocaba que, por ejemplo en la calle, le costase mucho prestar atención a otra cosa. Yo tuve conversaciones agradables con él, incluso dentro de sus bucles, pero justo eso me ayudaba a sentirme cómodo, porque era previsible en su vocabulario así que siempre le entendía. Y arreglamos unas cuantas cosas juntos igual que él se pasa el día arreglando su Ford Focusas en Domeikava. Antes de que yo le conociese, llevaba casi un año sin ir al centro. Mis compañeras, tras tanto tiempo sin verle, se quedaron impresionadas por su cambio físico. Había crecido y su cara y su voz habían cambiado. Pero, igualmente, les decepcionó el notar que había dado un gran paso atrás en su desarrollo intelectual. La educación a estas edades para niños o jóvenes con discapacidad intelectual no se puede interrumpir. Por eso, no entiendo que algunos gobiernos hayan decidido cerrar los centros de día incluso una vez acabada la cuarentena más estricta, eso demustra un grave desconocimiento de la labor de los centros de día por parte de las instituciones.

Ignas: Ignacio. Así llamaba yo a Ignas cuando estábamos a solas, igual que a Kristupas le llamaba Kristupedo o a Martynas le llamaba Marciulionis. Ignacio tampoco pasó mucho tiempo conmigo porque no estaba demasiado en el centro, solo días esporádicos. Era otro que parecía un dibujo animado. Me flipaban sus ataques de risa, porque desbordaba a todos de alegría. Pero, sobre todo, me notaba los efectos de la educación en él. Ignas no se comunica, tiene un fuerte pronto a la hora de no aceptar lo que debe hacer, incluso puede reaccionar con cierta violencia, pero todo eso estaba bastante controlado dentro de lo que cabe. Pero es verdad que es de uno de esos niños que piensas que no puede evolucionar mucho más, que su potencial esta cerca, aunque, eso sí, estas personas te sorprenden cuando menos te lo esperas. Con niños como Ignacio, la esperanza es muy importante.

Austeja: Mi latina. Desde el primer día que la vi lo pensé, Austeja es latina. Luego, cuando vi a sus padres, comprendí porqu parecía latina. Quizá sus padres sean los lituanos con el pelo y la piel más oscuros que he visto durante este año. Son una pareja de lituanos pero podrían ser una pareja española perfectamente. Voy a querer regresar muchas veces a esos momentos en los que le decía Austeja que tenía hambre y por eso me quería comer su mano, y fingía que la mordía. O al contrario, cuando yo le acercaba mi mano a su boca y la abría para morderme. Esos juegos le alegaban el día. Y los días en las que, a solas, bailamos bachata, salsa, reggaeton. Otros, escuchamos cuentos. Otros, simplemente, nos dábamos la mano y le acariciaba. Y, quizá, esos han sido de los momentos más especiales del año, cuando le cogía la mano y se la acariciaba, porque veía su sonrisa placentera. Y la sonrisa de Austeja, dejando entrever las dos grandes paletas que tiene, vale millones.

Rugile: Es difícil de hablar de Rugile. Es una niña de 12 años con graves problemas estomacales que le causan dolores fuertes, por lo que llora o se queja bastante. Además, va en silla de ruedas porque tiene una movilidad casi nula. Tiene una hermana gemela, y a ella le tocó la parte mala. De hecho, el riesgo de los embarazos de gemelos, mellizos, trillizos... es que durante la gestación o el parto las probabilidades de que uno de los fetos no se desarrolle con normalidad es mayor y, en vida, tendrá una discapacidad. Es el caso de Rugile, con quien compartí muchas miradas. Cuando me miraba sonriendo se me hacía la boca agua. Era su forma de comunicarme, a mí o a quien fuera, el aprecio, el cariño. Y su historia de amor con Kristupas ha sido una de las experiencias más fascinantes de todas las que he vivido durante este año.

Arnas: He dejado para el final a Arnas porque este año ha sido mi enemigo, una persona a la que odio y desprecio. El peor niño del mundo mundial. Al menos esa era mi actitud con él, y él captaba la broma. Le hacía bastante gracia eso de que le dijese que era muy malo, de que cuando aparecía por el centro decir que yo me iba a casa porque no quería estar con él, o alegrarme cuando le venían a buscar. Le encantaba y se reía. Nuestras peleas eran épicas. Me ponía al lado de su silla de ruedas, y me pegaba en los brazos, me agarraba la cabeza, y yo me defendía pegándole y rascándole la cabeza. Y Arnas decía "aha" cuando me tenía "inmovilizado". Luego, durante el día, cuando me lo cruzaba, le daba en la nariz o le cogía la silla y le empotraba contra una pared. Era una guerra perpetua con la que lo pasamos de maravilla.

A mis compañeras: Por último, quiero dedicar un parrafito a mis compañeras, que han sido mi principal apoyo. Me han explicado todo lo que necesito, tanto sobre los niños, sobre el trabajo o sobre la vida en Lituania. Tienen un grupo muy bueno, en el que cualquier nuevo voluntario se sentiría cómodo incluso a pesar de que algunas compañeras no hablen inglés, pero hacen el esfuerzo o consiguen comunicarse de una manera u otra. Gracias por haberme dado tantas facilidades, por ofrecerse a llevarme a casa, por preocuparse por mí. Pero, sobre todo, gracias por el trabajo que hacen con estos niños. Es un trabajo de un valor incalculable. Un valor que la inmensa mayoría de la sociedad desconoce. Hemos llamado héroes a los sanitarios durante la pandemia. Pero las personas que realizan trabajos como el de mis compañeras, son héroes antes, durante, y lo serán después de la pandemia. Lo único es que son héroes invisibles y humildes, que no reclaman ningún tipo de protagonismo. Y eso les da aún más mérito.


 

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