El viernes por la mañana recibí un correo. Una mala
noticia. Cómo presentía, no me habían escogido en el trabajo de Kaunas.
Me entristecí durante un breve instante, pero el día no me iba a
permitir ni un ápice más de tristeza. En el parque esperaba una carpa y,
bajo ella, unos lienzos para que los niños pintase. Se trata de uno de
los eventos del año en el centro, despedir el verano con una tarde en la
que están las familias, viendo a sus hijos, nietos, sobrinos, pintar...
Luego se reparten regalos que traen los políticos que han venido a
hacerse la foto y, por último, el plato fuerte. En esta ocasión, muy
fuerte.
Un hombre
vestido con colorines desplegó unas mesas para llevar a cabo un show
basado, sobre todo, en las burbujas. Burbujas de todo tipo. Desde
burbujas que salían disparadas a chorros de botellas, hasta burbujas que
inflaban globos que explotaban con facilidad, hasta burbujas que al
contactar con el aire se convertían en humo. Y, como no, creando las
burbujas tradicional. Burbujas enormes que inundaron el cielo del centro
de día. Y los niños gozaron de lo lindo, tanto con el espectáculo como
cuando el hombre se echó a un lado para dejar que los niños, durante más
de una hora, jugasen a hacer burbujas. Uno de los niños, mi mejor amigo
durante este año, quería mantener cierta distancia con el show porque
le daba un poco de miedo todo, pero a la vez no podía evitar
descojonarse. Se excitó tanto que me señaló a su pene para indicarme que
se había meado encima. Era previsible. Pero no pasa nada, era buena
señal, señal de que se lo estaba pasando de maravilla.
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