Día 349: El guateque

El viernes por la mañana recibí un correo. Una mala noticia. Cómo presentía, no me habían escogido en el trabajo de Kaunas. Me entristecí durante un breve instante, pero el día no me iba a permitir ni un ápice más de tristeza. En el parque esperaba una carpa y, bajo ella, unos lienzos para que los niños pintase. Se trata de uno de los eventos del año en el centro, despedir el verano con una tarde en la que están las familias, viendo a sus hijos, nietos, sobrinos, pintar... Luego se reparten regalos que traen los políticos que han venido a hacerse la foto y, por último, el plato fuerte. En esta ocasión, muy fuerte.

Un hombre vestido con colorines desplegó unas mesas para llevar a cabo un show basado, sobre todo, en las burbujas. Burbujas de todo tipo. Desde burbujas que salían disparadas a chorros de botellas, hasta burbujas que inflaban globos que explotaban con facilidad, hasta burbujas que al contactar con el aire se convertían en humo. Y, como no, creando las burbujas tradicional. Burbujas enormes que inundaron el cielo del centro de día. Y los niños gozaron de lo lindo, tanto con el espectáculo como cuando el hombre se echó a un lado para dejar que los niños, durante más de una hora, jugasen a hacer burbujas. Uno de los niños, mi mejor amigo durante este año, quería mantener cierta distancia con el show porque le daba un poco de miedo todo, pero a la vez no podía evitar descojonarse. Se excitó tanto que me señaló a su pene para indicarme que se había meado encima. Era previsible. Pero no pasa nada, era buena señal, señal de que se lo estaba pasando de maravilla. 












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