Día 353: El último día

Pues sí, llegó. Llegó el último día en el centro. El día de la despedida. Y Kaunas quiso que lo hiciera con un día típico en la ciudad, un día lluvioso. Lo cual era un fastidio para mí, que iba con una bolsa en la mano y, en el interior, una tarta. Por suerte, cuando empezaba mi camino desde la estación de guaguas hasta el centro (unos 15 minutos), la madre de uno de los niños volvía de dejarlo en el centro y mi vio, así que dio media vuelta y me recogió. Cuando le conté que era mi último día, me deseó toda la suerte para el futuro. Los padres y madres se han portado muy bien conmigo, siempre, y debo darles las gracias desde aquí. Una vez en el centro, seguí el ritual habitual, como si fuera otro día cualquiera. Pero claro, no iba a serlo. Extrujé y abracé a los niños todo lo que pude, casi que forzando el contacto físico, como si quisiera guardarles en la memoria del tacto más que en la de la cabeza. 

 Hicimos una ceremonia de despedida, dividida en dos partes. Una por la mañana que consistió en comer la tarta que había cocinado y ver una parte de mi película sobre el centro de día. Por la tarde, después de celebrar el cumpleaños de uno de los niños, bailamos reggaeton y me entregaron unos regalos, una cantimplora del centro y una foto grande. Lo último que hice en el centro fue estar con dos niñas por fuera de la oficina de la psicóloga y hacer equipo con ellas mientras nos intercambiábamos bolazos con la psicóloga. Las bolas volaban de un lado para otro tanto como las risas de las niñas. 

Pero hay algo que me dio mucha pena. No me despedí de los niños como pensaba, como me había imaginado. Había pensado que a cada uno le daría un largo abrazo y un beso, pero no fue así. A unos les vinieron a buscar cuando ya no estaba delante, otras se marcharon corriendo con sus padres como otro día cualquiera. Creo que no entendían del todo la situación, ni lo que significaba para mí. No los juzgo, pero me hubiese gustado que fuese de otra manera. O quizá ha sido mi insistencia en que les visitaría. Pero yo muchos de estos niños les considero mis amigos, y no sé si les volveré a ver, y no les pudo decir adiós, mirarles a los ojos por última vez. Es duro pensarlo ahora.



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