Día 352: El último lunes

Último. Esa es la palabra que más se me pasaba por la cabeza el lunes. Porque era el último lunes. Y la última vez que haría muchas cosas con los niños. La última vez que jugaríamos a los zombies, la última vez que jugaría con uno de los niños y las piedras, la última vez que ayudaría a otro a "volar", la última vez que cocinaríamos juntos, la última vez que vería con ellos un vídeo de Kake Make... Y estas últimas veces estuvieron marcadas por una circunstancia, la falta de trabajadores: dos de vacaciones, otra en cuarentena y otra enferma. Así que no fue un día fácil, había que estar pendiente de demasiados niños al mismo tiempo y no era tan sencillo disfrutar de ellos como cuando somos más trabajadores en el centro.

Al margen de los niños, ocurrió algo que me sorprendió. Al mediodía tenía una conversación entre mi tutora y mi mentora. Una conversación para valorar mi voluntariado. Todo iba según lo previsto. Nos dedicábamos elogios, contábamos lo que hemos aprendido el uno del otro, las cualidades que he desarrollado estando en el centro... En definitiva, se trataba de una conversación protocolaria al cien por cien. Hasta que tornó en emocional en un momento dado, el momento en el que mi tutora confesó que se sentía mal por no haberme dedicado más tiempo por haber tenido mucho trabajo con esto del coronavirus y la falta de trabajadores por cuarentenas o enfermedades durante todo el año. Se echó a llorar a mares, no pudo seguir hablando. Dijo, literalmente, que sentía como que me había soltado en el centro a que yo sobreviviera, sin darme el apoyo suficiente para un trabajo como éste.

No voy a mentir, y se lo dije. En ocasiones me sentí bastante perdido. Pero también entendía las circunstancias excepcionales que rodearon este año y mi voluntariado, así que no es culpa de nadie. Además, nunca me sentí abandonado o incapaz de realizar mi trabajo. Yo aprecio lo que hace, y lo que hacen el resto de compañeras. Es un empleo que esta sociedad debería dignificar más, que debería ser más protagonista y que se debería promover estudiarlo porque, en muchas ocasiones, a los centros les cuesta encontrar los profesionales cualificados que requieren. 

La gente dice de los médicos, que salvan vidas, que trabajan bajo mucha presión, y que por eso hay que valorarles social y económicamente. Pero, ¿y este tipo de trabajadores en centros de día con gente con discapacidad intelectual?, ¿no salvan vidas cuando están enseñando a niños a ser independientes, a comunicarse, a comer, a ir al baño?, ¿no trabajan bajo presión cuando los niños pueden tener brotes violentos, comportamientos inadecuados, o la propia presión de que pase el tiempo y ver que se han estancado y que tú sigas intentando que mejoren?, ¿por qué vale más que un médico que un trabajador social de un centro de día de personas con discapacidad? 

Yo tengo la respuesta, porque lo que no vale nada en esta sociedad es la discapacidad.


 


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