Días 343 y 344: De bicicleta, jugadores de baloncesto, cerveza y españoles

El sábado me desperté bastante temprano y decidí coger la bici, pero no tenía ningún destino concreto. Busqué en Google Maps y encontré una carretera que aún no había explotado y que llevaba a un pueblo cerca de Kaunas, un pueblo llamado Gailava. Para allí que fui. Fueron casi dos horas, con subida a una colina incluida, hasta llegar a Gailava, un pueblo que no tenía nada la verdad. Solo una iglesia situada en un lugar extraño porque, en lugar de estar junto a una plaza, como es habitual, estaba junto a la avenida principal rodeada de grandes edificios comerciales. Lo que más molaba de Gailava no era el centro sino, al contrario, el extrarradio. Porque allí viven los granjeros, que estaban ya trabajando, y las gallinas, los perros o las vacas danzaban libres de un lado para otro.

De vuelta a Kaunas, me desvié para pasar por el centro de la ciudad. Estaba en la arteria principal, Laisves aleja, cuando alguien me pasa por la izquierda con un patinete eléctrico. Tenía un hueco enorme por mi derecha y, sin embargo, me pasó muy cerca por la izquierda tomando el riesgo de chocarnos. Desplacé la cabeza rápidamente para fulminarle con la mirada pero mi gesto cambió del enfado a la sorpresa en un segundo porque el intrépido traseunte era Mantas Kalnietis. Es un jugador de baloncesto lituano que ha estado jugando en el extranjero pero ahora ha vuelto al Zalgiris. Además, en el partido que disfruté entre Lituania y Eslovenia, Kalnietis se convirtió en el máximo asistente de la historia de la selección lituana, superando a Sarunas Jasikevicius. Pues tras ese día, le he vuelto a ver otros dos días con su familia en el centro de la ciudad. Nadie les molesta, como si fuesen desconocidos cuando todo el mundo sabe quién es porque se trata de un jugador histórico del deporte que domina el país. Pero respetan su privacidad, algo que deberíamos aprender en las culturas mediterráneas.

El sábado por la noche salí a bebe unas cervezas. Probé en uno de mis bares favoritos, Godo, pero me dijeron que debido a las nuevas restricciones para beber, incluso en la terraza, necesitaba el pasaporte de vacunación y yo no lo llevaba encima. Así que decidí ir a Movido. Ni allí ni más tarde en Laukas me pidieron absolutamente nada. Creo que esa diferencia de tomarse en serio o en broma las restricciones es lo que más confusión crea en la ciudadanía. 

El domingo tenía resaca, así que fui a pasarla a un restaurante, Casa Della Pasta. Una vez en mi mesa, en la de al lado se sentaron dos parejas (una de personas alrededor de los 60 y otra alrededor de los 30). Los más mayores eran españoles, y supongo que eran los padres de uno de los dos de la otra pareja. Eran pijos hasta la médula, de estos pijos que salta a la vista de una manera descarada y, además, presumen de eso con sus exquisitas formas y las marcas en su ropa. Aunque lo que más me disgustó es que, antes de comer, montaran un pequeño espectáculo bendiciendo la mesa, como para que todos lo viésemos. Dieron gracias a Dios por los alimentos que tenían en frente, pero las gracias deberían dársela a los curritos de las empresas por las que se han enriquecido. Al final, Dios es una excusa para no aceptar la explotación a la que se somete a los trabajadores y a los clientes. Quizá por eso la gente más religiosa suele ser la más pija y poderosa.




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