Días 336 y 337: 6:30

Regresar a casa a las 6:30 de la mañana de un sábado hace solo unos años no suponía ningún desgaste extra. Sin embargo, ahora, con 28, me genera un cansancio bastante elevado que necesito compensar con un descanso largo, durante lo que queda de fin de semana. Y eso que no bebí de más, simplemente es el estar despierto durante toda la noche, danzando por Kaunas como una especie de despedida de su vida nocturna. Un Midnight in Paris a la lituana y sin cruzarme con escritores famosos. Solo con un borracho durmiendo en mitad de un paso de peatones, los típicos energúmenos que gritan cuando han bebido, y gente tirando vasos al suelo en la única terraza que seguía abierta al amanecer. Eso fue lo que más valió la pena, el amanecer. Nunca había dado un paseo por Kaunas cuando la luz del sol despertaba la ciudad, cuando las sombras y las luces se mezclan sobre los edificios, creando una iluminación que define aún más las formas, cuando la luz del sol es tan suave que te abriga los ojos tras una noche bajo las farolas artificiales. Y ver las primeras personas que se levantan a trabajar, los primeros coches en la carretera, los basureros con horarios más tempraneros. Siempre me ha fascinado el nacer día a día de una ciudad. No me gusta llegar de fiesta al amanecer por la propia fiesta, sino por lo que viene después. Todo lo que veo, escucho y siento cuando estoy volviendo a casa. Eso me alucina. 



 

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