Días 329 y 330: Willy Fog

 

El sábado ocurrió algo inesperado. Estaba por la mañana en casa haciendo mis cosas cuando recibo una llamada. Era la empresa que organiza los viajes en globo en Kaunas. Me llamaban para preguntarme si podía viajar esa misma tarde. Y yo, obviamente, dije que sí. Aunque cuando colgué empecé a dudarlo porque el día estaba nubladísimo e, incluso, en la ciudad había algo de niebla. Así que pensé que al final la experiencia podría ser una mierda. Pero cuando quedaba una hora para la salida del globo, el cielo empezó a despejarse, y para cuándo ya todos los pasajeros nos reunimos, el día estaba espectacular. Éramos nueve pasajeros más el piloto, Keskas. Él y todo el equipo que ayudaba a montar y desmontar el globo fue muy amable. Los pasajeros también formaban parte de la preparación y la recogida, que fue tan interesante como el trayecto en si. Trayecto, por cierto, que consistía en recorrer, justo durante la puesta de sol, el cielo de Kaunas de un lado a otro, por lo que pudimos ver absolutamente toda la ciudad a vista de pájaro, comprobar las dimensiones de Laisves aleja o Kauno Marios, ver lo impresionante que es Silainiai desde arriba o conocer el dibujo de los ríos. Magnífico.

El aterrizaje fue aparatoso, como es habitual. Te tienes que poner de cuclillas y agarrar fuerte a la cesta que, al golpear con el suelo, se pone de lado, por lo que los pasajeros quedamos como mirando al cielo. Aparatoso pero divertido. Y cuando ya habíamos salido y recogido el globo, todavía quedaba una sorpresa. Keskas nos explicó la leyenda del primer viaje en globo. Eran dos pilotos que aterrizaron accidentalmente en una zona fangosa de Francia. El fango les dejó negros de arriba a abajo y cuando los lugareños les vieron pensaron que eran demonios. Por lo tanto, decidieron ejecutarlos. Sin embargo, se salvaron porque llevaban en el globo una botella de champán que ofrecieron a la gente a cambio de la libertad.

Por eso un brindis con champán y la entrega de un diploma fue el punto final a la experiencia. Antes del brindis, además, realizamos un ritual de bautismo. Keskas nos quemó un pelo, nos echaba un poco de champán en la frente y nos hacía una señal en la frente con barro. Además, debíamos decir una frase impronunciable en lituano. Volvería a repetir mil veces.

Después de esa tan curiosa experiencia el sábado, el domingo volví a mis tareas y solo me di un respiro cuando ya el día se apagaba. Salí a sacar fotos por el barrio que me ha acogido durante este año. Ese barrio tan soviético que podría salir en la seri Chernobyl.

 





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