Días 315-323: Viaje en solitario

He estado nueve días fuera, viajando con bastante improvisación. Solo sabía que iba a estar cuatro días y medio en Tallin y otros cuatro y medio en Riga. Pero a la lista de visitas se añadieron Helsinki, Tartu y Jurmala. Después del viaje estoy reventado porque he caminado mucho y en el hostel de Tallin he dormido poco porque mi vecino roncaba profundamente y había veces que parecía explotar. En Riga dormí mejor, pero también a un hombre se le escapaban ronquidos y mi convivencia con el ruido durante la noche nunca ha sido posible.

Tallin es una ciudad alucinante porque tiene un centro histórico medieval muy bien conservado. Alrededor, encuentras mucha modernidad en barrios con grandes edificios empresariales o que albergan hoteles. Pero lo que es ambiente moderno de verdad se concentra en dos puntos. Primero, en un barrio de nueva creación anexo al puerto. Su nombre es Kalamaja y las casas son lo de menos. Lo interesante es que han cogido los enormes edificios portuarios en desuso y los han reconvertido en zonas de ocio. Este área es más familiar, de padres jóvenes. Pero la otra, la Ciudad de la Creación de Telliskivi, es puro ambiente juvenil y festivo. Los edificios también tienen aspecto industrial, quizá antiguas fábricas que ahora son bares, restaurantes y discotecas. Hay una calle de foodtrucks, espacios de entretenimiento, DJs callejeros, y mucho arte en las paredes. 

En realidad, Tallin se visita en un par de días porque, además de lo que he contado, el resto que hay que hacer es darse un paseo al lado de la costa hasta la playa de Pirita y, de regreso, parar a ver el palacio de Kadriorg. El domingo ya había visto todo y me quedaban aún dos días completos en Tallin, donde coincidí en el hostel con dos voluntarios de Lituania, y donde conocí gente jugando al futbolín. Les masacré, por cierto. 

El lunes cogí el tren y puse rumbo a Tartu, una ciudad universitaria que no llega a los 100.000 habitantes pero con un espíritu de un núcleo urbano de 500.000. La zona antigua de la universidad es alucinante, con preciosos edificios y las ruinas de una catedral dentro de un parque. Eso es lo primero que te encuentras si has llegado en tren. La siguiente parada es la plaza del Ayuntamiento y, entonces, te enamoras por completo de la ciudad porque la plaza es de belleza extrema y algún edifico guarda símbolos soviéticos. Tartu será capital europea de la cultura en 2024 y ya lo están celebrando. Han cerrado una de las calles principales para colocar un escenario, foodtrucks y atracciones infantiles. La ciudad tiene un par de grandes centros comerciales, anchas calles peatonales muy concurridas y un lago en el que me di un baño. Era lunes, pero el ambiente en la calle era tan festivo que parecía fin de semana. 

El martes cogí el barco muy temprano y viajé a Helsinki, a dos horas de Tallin por mar. Ya en el barco alucinas con las numerosas mini islas que rodean la ciudad. Y cuando te bajas y te adentras en la zona turística, flipas con el carácter ruso de Helsinki. No sólo por las dos catedrales, sino por los edificios en general. Hay una diferencia bestial con Kaampi, que es la zona más moderna con grandes edificios de cristales oscuros. Helsinki tiene bastantes edificios que ver, como la iglesia bajo tierra, el parlamento, la biblioteca, la estación de tren... Y el estadio olímpico. Es enorme y está bien conservado a pesar que los juegos fuesen en 1952. Al lado del estadio olímpico me llamó la atención otro estadio de fútbol, era pequeñito, más o menos la mitad del Heliodoro. Por los carteles vi que se trataba del campo del equipo de la ciudad, Helsinki, y me apeteció comprar algo como recuerdo. Así que busqué la tienda del estadio. Allí no encontraba los precios de las cosas, por lo que entré en la web del equipo y allí me crucé con algo que no esperaba. Esa tarde, el equipo jugaba la previa de la Champions contra el Malmo. Y me daba tiempo de ver el partido y llegar al barco de vuelta a Tallin. No me lo pensé dos veces. Compré la entrada, me dio a seguir viendo la ciudad, me bebí unas cervezas al lado de un lado con mucha gente joven, y regresé al estadio a ver el partido. Había ambientazo. El campo estaba lleno, y el partido fue muy bueno. En Suecia habían perdido 2-1 pero en la primera jugada ya empataron la eliminatoria. El partido acabó 2-2 y el Helsinki estuvo a punto de ganar y forzar la prórroga si no llega a ser porque el portero del Malmo tuvo una intervención milagrosa. Me sorprendió la afición, animando todo el rato, adaptando canciones populares y luego con cánticos algo extraños. Pero sobre todo, lo increíble fue que seguían animando tras la derrota. Una experiencia magnífica y muy rándom. Porque si tuviese que haber realizado una lista de ciudades extranjeras en las que ver un partido de fútbol, Helsinki ni se me hubiese ocurrido. 

Volví al barco, que era impresionante, con un casino y Burger King en el interior. El día siguiente, el miércoles, sería mi último día en Tallin. Me fui a la parte militar, con un cementerio lleno de muertos de las dos guerras mundiales y, como no aprendemos, la sede del ejército al lado, con el arsenal correspondiente. Para esperar la guagua que me llevaría a Riga, me senté en una colina desde que se veían unos campos de tenis en los que niños y adolescentes practicaban. Por cómo jugaban estaba claro que no era simplemente disfrute, la intención era llevarlos a la élite. Tenían mucho talento pero también autoexigencia y se cabreaban en exceso cada vez que fallaban. Una actitud que no me gusta nada en gente tan joven que, sí, tiene todo el derecho a ser tenista profesional, pero debería disfrutar del deporte y no lo hace por culpa de la persecución del éxito. Y hay bastantes relatos de tenistas que acaban quemados justo por eso, por la exigencia que sufren desde pequeño y que provoca que terminen odiando el tenis. 

Una vez en Riga tuve un problema. El edificio en el que debería estar el hostel parecía abandonado. Llamaba al hostel y me decía que el teléfono no existía. Llamaba a Destinia y nadie me lo cogía, solo había musiquita. Y yo sin alojamiento a las 8 de la tarde. Por suerte, apareció un nombre que quería también entrar al edificio y no podía. Llamó a alguien y yo entendí que era para que le abriese. Así ocurrió. Una mujer salió a abrirle y yo le abordé para preguntarle por el hostel. Ella era la dueña y me dijo que estaban remodelando pero que debía ir a otro que estaba muy cerca que era al que estaba desviando a sus clientes. Me acompañó amablemente y la verdad que valió la pena porque estaba nuevísimo, limpísimo, tenía muchas duchas y poca gente en las habitaciones y, además, desde la ventana se veía la ópera de Riga y el monumento a la Libertad. 

Riga, desde el primer momento, me pareció una gran ciudad. De hecho, es la más grande de los tres países bálticos. Y es preciosa, con un estilo Art Noveau que recorre toda la ciudad mucho más allá del centro. Pero también, a pesar de ser la más grande, se ve rápido. Y tenía cuatro días y medio, suficientes para visitar otra ciudad. Mi opción clara era Jurmala, una ciudad pequeña y costera muy cerca de Riga. Quería ir el viernes y entendí mal el tema del transporte, así que cogí la guagua que no era y acabé en medio de un bosque en el quinto pino. Miré en Google Maps donde estaba y resulta que el bosque estaba paralelo a la costa. Decidí cruzar el bosque hacia el mar y, de pronto, el suelo verde empieza a convertirse poco a poco en arena. Hasta que aparecieron frente a mí unas dunas y, detrás, una larguísima playa y el mar. No era una playa de baño. Quiero decir, te podías bañar perfectamente, pero no es una playa que esté esperando recibir bañistas con sus chiringuitos, su red de volleyball y demás. Era una playa salvaje en la que la gente caminaba a un lado y a otro. La equivocación en el transporte me había salido muy bien porque ese sitio oculto y nada turístico era maravilloso. Me puse a caminar por la playa y llegué a un punto que ellos llaman The Edge of the world, en la desembocadura del río que separa el lado de la costa en el que yo estaba y el otro, sale una porción de arena que casi une los dos lados. Bueno, tras ver eso, decidí adentrarme en el bosque de nuevo. En realidad, no me quedaba otra porque la playa se había acabado y volvía a ser todo verde. No habían pasado ni 15 minutos cuando empieza a caer un aguacero voluminoso, y yo sin chaqueta. Me empapé pero lo que más me preocupaba es que amenazaba tormenta y yo estaba en medio de un bosque sin seguir ningún sendero, cual Frank de la Jungla apartando ramas. Con ayuda del Google Maps logré poner rumbo a la playa de nuevo porque era lo único que conocía. Pero a mitad de camino, a lo lejos, divisé a un nombre que reconocí por su chubasquero rojo, el mismo que llevaba cuando antes le había visto pescando. Le seguí porque tendría que ir a algún lado a refugiarse, su casa o su coche, sea como fuese, significaba que allí había una carretera. Efectiviwonder, llegamos a una carretera y fue milagroso que la guagua estaba allí. Parecía que esperándome porque, de hecho, nada más subirme el conductor arrancó. Al arrancar tan rápido pues no compré un billete. Además, porque estábamos en el culo del mundo así que pensé que por allí no habrían revisores. Pero como unas 10 paradas después, cuando ya había algo de civilización, vi a los revisores, y cuando el conductor abrió las puertas salí pitando de la guagua. Desde la parada se veía la parte alta de una iglesia ortodoxa, muy reconocibles por las cúpulas. Parecía bonita así que aproveché y fui a visitarla. De paso, me refugiaba un poco de la lluvia. Entré en la iglesia y no había nadie. Para quien no haya estado en una iglesia ortodoxa, son espacios vacíos, no hay bancos ni altar ni nada, pero las paredes están repletas de ornamentación religiosa y colores. En este caso, sí había algo ocupando el centro de la iglesia. Era un ataúd. Y estaba abierto. Me llamó la atención y me acerqué. ¡Había una señora muerta! Estaba en la iglesia a solas con un cadáver. Evidentemente, me dio mal rollo y salí por patas. Volví a coger una guagua y regresé a Riga para intentar echarme una siesta y, después, disfrutar de la noche en la ciudad. 

El sábado sí que conseguí llegar a Jurmala, que también tiene una iglesia ortodoxa bastante espectacular para una población tan pequeña. La iglesia se ubica al final (o al principio, según se mire) de la calle principal, una larga avenida en la que se encuentran los comercios, bares y restaurantes. A partir de ahí, hay poco más. Solo viviendas y los hoteles que bordean la playa, que es preciosa. Las playas del Báltico son bastante particulares porque entras en el agua y das pie hasta bastante lejos, y porque la arena da directamente a la naturaleza, como si los bosques y las playas se mezclasen. No han tirado todos los árboles para construir hoteles, solo hay algunos en primera línea. Me pasé el día en Jurmala, relajándome y andando de un lado a otro de la playa. Y asumiendo que mi viaje llegaba a su fin.

Y llegó a su fin con la visita al parque más grande de Riga, Mezaparks. Tiene circuito de motocross, un gran recinto de conciertos al aire libre, varias zonas recreativas, avenidas para pasear, áreas más boscosas. Dentro del parque también de enmarca el zoo, así como numerosas casas. De hecho, el parque en sí se considera uno de los barrios de la ciudad. Y fue una de las primeras ciudades-jardín del mundo. Un extremo del parque da a un gran lago, y en la orilla hay un muelle, un restaurante, y una playa pequeña en la que me quedé para darme el último baño del viaje y quién sabe si del verano.
 







 

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