A la hora de educar a un niño o una niña siempre una de
las cosas más complicadas es lidiar, al mismo tiempo, con los
comportamientos y con los sentimientos. Cuando intentas controlar un
comportamiento inadecuado, para el niño puede que no sea tan inadecuado.
Primero, tienes que asegurarte de que comprenda que lo que hace está
mal y, después, pararle. Pero si le paras sin darle una explicación y
él/ella cree que lo que hace está bien, entonces puedes generar
sentimientos de frustración, de represión o de rechazo hacia ti. En
definitiva, antes de actuar se debe explicar.
Por
otra parte, todos los comportamientos se enmarcan en un contexto, que
es tan relevante como el propio comportamiento. Es decir, no se puede
juzgar un comportamiento sin juzgar el contexto en el que se produce.
Por ejemplo, si yo llego a una habitación y veo a un niño haciendo algo
con otro, no puedo juzgar ese comportamiento porque acabo de llegar a la
habitación y no conozco el contexto en el que se ha producido. Puedo
malinterpretarlo y echar una bronca innecesaria que, de nuevo, puede
provocar sentimientos negativos.
En
resumen, cuando de trata de educar a los niños y niñas, hay que tener
sangre fría y la mente despierta para no juzgar los comportamientos de
manera equivocada, rápido y con ausencia de contexto. Porque las
consecuencias afectarán a nada más y nada menos que las emociones y
sentimientos de una persona que aún está construyendo su personalidad,
así que resulta sencillo crearle inseguridades.
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