El sábado estuve en Kedainiai, una ciudad de algo más de
30.000 habitantes en el interior de Lituania. Me fui solo, de
excursión, con una mochila en la que guardaba una botella de agua, un
bocadillo y un paquete de galletas, como en el cole. Nada más llegar me
encontré con una ciudad aparentemente similar al barrio en el que vivo
en Kaunas, con los mismos edificios soviéticos, con los mismos parques
infantiles, las mismas canchas de baloncesto y los mismos espacios
comerciales. Pero ese era el espejismo de la parte más "moderna" de la
ciudad. Una vez empecé a adentrarme en el centro histórico descubrí una
ciudad bastante peculiar, con una personalidad propia.

Una
personalidad basada, en gran parte, en la religión. Porque en Kedainiai
es totalmente visible la convivencia de religiones, y eso es difícil de
encontrar en el mundo en un núcleo urbano tan pequeño. A las estatuas
paganas que recorren las orillas de un riachuelo, se le unen los
inmuebles judíos y las iglesias cristianas. Todo en muy poco espacio.
Una de las iglesias, por cierto, vale mucho la pena visitarla porque es
de madera oscura, y da una sensación de antigüedad muy extraña porque de
verdad que percibes estar en otra época.
Además,
Kedainiai es una de las ciudades de Lituania con más influencia polaca,
y la arquitectura lo evidencia. Especialmente en el centro histórico,
que podría ser una representación en miniatura y humilde de Varsovia,
con su suelo empedrado, con esos tonos blanquecinos, e inmuebles de
siluetas extrañas.
Kedainiai
tiene el único minarete de todo el país. Y el minarete se encuentra en
un parque de unas dimensiones enormes si consideramos que pertenece a
una ciudad tan pequeña (al menos en cuanto al concepto de parque que
tenemos en España).
Y
luego está el río, que te atrae en estos días tan calurosos y es muy
silvestre, empantanado tanto en el agua como en la orilla, formando un
ambiente muy natural. Allí, en ese ambiente, me eché una siesta después
de una cerveza, sin testigos alrededor.
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