Días 273 y 274: La Colina de las Brujas

El sábado nos levantamos bastante tarde y decidimos aprovechar el día en Palanga, visitante la ciudad, recorriendo su calle principal con pequeños puestos de feria a cada lado, entrando a su iglesia, profundizando en los parques... No es la ciudad más espectacular pero, comparada con la mayoría de ciudades costeras de España, está estupenda. Comimos platos tradicionales y, como los dos días anteriores, fuimos a la playa a ver el atardecer, sentados en un chiringuito con cervezas.

El domingo sí nos despertamos más pronto para aprovechar el día en la alargada a isla conectada a Klaipeda vía ferry. Allí, visitamos la Colina de las Brujas, comimos pescado con las manos (es tradicional comprar un pescado a un puestecito y comerlo así) en medio de la naturaleza. Recorrimos dunas legalmente e ilegalmente. Vimos una parte de una obra de teatro quizá demasiado contemporánea, nos pusieron una multa, recorrimos Nida de lado a lado, paramos en la casa de verano de Thomas Mann... Hasta que tuvimos que volver porque se hacía tarde. Regresamos a Kaunas con la sensación de que se acababa un sueño, de que algo precioso que nos gustaría estirar eternamente se queda en algo efímero, como todo en la vida, porque la vida misma lo es. Ese es nuestro castigo, la brevedad, el no poder disfrutar de las cosas tanto como nos gustaría, el no tener tiempo suficiente para hacer todo lo que querríamos, depender de los horarios que nos marca el vaivén del mundo. Y, sobre todo, que los demás, muchas veces, deciden cerrar los calendarios por nosotros. Pero, citando a alguien que quizá nunca existió, "fue bonito mientras duró".
 





 

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