Día 276: Jugando a doctores
A los niños del centro les encanta jugar a los médicos.
De todas las actividades que hacemos con gente externa (todo mujeres,
por cierto, rol de género marcadísimo) la preferida es la que lleva a
cabo una chica que viene de vez en cuando para explicar cómo colocarse
vendajes, cómo curar ciertas heridas o cómo funciona un hospital. El
pasado martes, la chica trajo de todo, se trajo hasta batas, vías... Y
aquello se convirtió en una consulta que los niños disfrutaron con
muchísimos entusiasmo.
Pienso,
¿por qué?, ¿por qué tanta excitación con esta profesión en concreto?
Entonces, me fijo en la cicatriz que le cruza el pecho a una de las
niñas, imagino las sesiones de terapia de los niños que van en silla de
ruedas y, en general, me vienen a la mente la inmensa cantidad de
doctores que la gente con discapacidad (ya sea mental o física) visita a
lo largo de su vida, incluso durante los primeros años con la finalidad
de alcanzar un diagnóstico, elaborar posibles tratamientos u hojas de
ruta para "aliviar" la discapacidad.
Supongo
que esa es la respuesta. Estos niños tienen un vínculo especial con la
medicina y todas sus variantes. Los hospitales y las clínicas han sido
parte fundamental de su infancia. Los doctores se han convertido casi en
uno más de la familia. Han establecido una relación sentimental con
esta profesión a la que le guardan un afecto inconsciente pero
poderoso.



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