Los no cumpleaños. Los hizo famosos Alicia en el País de
las Maravillas y siempre me ha gustado bromear con eso. Sin embargo, el
lunes viví un no cumpleaños de verdad y me desilusionó bastante. Resulta
que el domingo había sido el cumpleaños del niño que se sobreexcita con
los cumpleaños y siempre, cuando empezamos a preparar la celebración,
pregunta si es su cumple. La respuesta siempre es no, pero el lunes la
respuesta debería ser sí. Ya estaba bastante entusiasmado por ver su
reacción, por ver cómo, si con los cumples de los demás lo flipa, cómo
era con el suyo, qué nivel de excitación podía alcanzar. Además, de
entre todos los niños, lo considero mi mejor amigo. Así que, de verdad,
me hacía mucha ilusión estar en su cumple.
Sin
embargo, el lunes me anunciaron que, al final, decidieron celebrarlo el
viernes, mientras yo estaba de vacaciones. La cuestión es que ni
siquiera cuando era niño me había disgustado el no ir a un cumple.
Recuerdo en la infancia perderme más de uno por ponerme malo o por
portarme como no debía. Y sí, me jodía, pero tampoco era un drama. Pero
esta vez, con 28 años, algo hizo rash dentro de mí. Me sentí un poco
traicionado porque sabían las ganas que tenía de estar en el cumpleaños,
pero bueno, seguro que los motivos para cambiarlo fueron de peso. Sentí
que me había perdido un momento especial, un momento del que quería ser
partícipe y guardar para siempre en mi memoria. No era solo un
cumpleaños, sino el único cumpleaños que iba a poder disfrutar con el
mejor amigo más efímero de mi vida. Un mejor amigo que tiene 18 años
menos que yo, una persona con la que tengo un vínculo muy especial,
tanto que a veces creo que parecemos hermanos. De hecho, nuestros
apellidos son los mismos, solo que el suyo en lituano y el mío en
español.
Me lo perdí.
Hubiese deseado no estar de vacaciones. Se las hubiese regalado a
cualquier otra compañera. Me di cuenta de la importancia que ganan los
momentos cuando, con la madurez, aprendes a valorarlos de verdad, desde
una perspectiva realmente sentimental, sensible. Y tanto la alegría como
el dolor que te causa la participación o la ausencia en esos momentos
se triplica. Para mí, eso de que en la infancia todo se vive con más
intensidad no es más que una excusa para paliar los desaires de la vida
adulta, la etapa más larga, en la que la felicidad y el dolor,
entusiasman y dañan con consecuencias que acumulamos y necesitamos curar
de alguna manera, y engañarse a uno mismo es la manera más fácil.
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