Día 267: Lituania y familia

El domingo fui un rato al centro de la ciudad y me bebí un café. Alguien se preguntará qué tiene de especial hace eso. Para mí, muchísimo, porque no tomo café. Pero este país ahora mismo tiene tantas horas de luz que estoy durmiendo muy poco y necesito buscar la manera de activarme para no quedarme dormido en cualquier lado. De hecho, mientras escribo esto en un corto rato libre en el centro, se me están cerrando los ojos.

Durante el paseo, me llamó la atención una cosa. El domingo fue el día del padre y, sin embargo, a la hora de comer el centro de la ciudad estaba repleto. Y no de familias reunidas precisamente. La cuestión es que aquí el concepto de familia es mucho más frío, no tienen esos vínculos afectivos tan férreos que tenemos en España. No quiero decir que el valor de la familia en España sea el correcto porque, de hecho, esos lazos puede suponer un obstáculo a la hora de avanzar en tu vida por tu cuenta o, si lo haces, sentirte mal para el resto de tu existencia. Pero sí. Es curioso como algo tan básico para el ser humano como la familia puede fluctuar tanto solo por cuestiones culturales. 

Aquí, además, en las familias hay una profunda ruptura generacional. Los hijos menores de 25 años son completamente diferentes a sus padres, como si entre ambas generaciones hubiesen pasado dos siglos en vez de unas décadas. Y eso se debe a lo rápido que se ha desarrollado este país desde que se independizó de la Unión Soviética. Incluso creo que las generaciones más jóvenes fuerzan la modernidad, están apurados por pertenecer al futuro. Lo ves en su estilo y en sus formas. La ciudad está llena de modernos veinteañeros y adolescentes, mucho más que en las grandes urbes españolas.
 

 

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