El comienzo de la semana fue un poco duro por una escena
que viví en la cocina. Después de que todos comamos, los niños que han
ido al colegio por la mañana empiezan a llegar a cuenta gotas. El
primero es el niño con un grado severo de autismo. Y mi trabajo era
servirle la comida y estar con él mientras comía. No es fácil porque
acaba de aprender a comer por sí mismo y, si le prestas atención, hará
lo posible porque le des tú de comer. Así que yo debía estar allí, pero
lejos, y sin mirarle.
Entre
la distancia y la ausencia de contacto visual, le dio la vuelta al
plato de sopa, esperramándola toda por la mesa. Lo limpié y le puse
delante el segundo plato. Se negaba a comer, empujado el plato, y yo se
lo devolvía, diciéndolo que debía comer algo. Pero nada. No comía. Probé
con pasar nuevamente de él y volvió a tirar la comida sobre la mesa. Lo
recogí y me enfadé con él, y él conmigo. Yo no era capaz de entender
esa reacción. Le había visto tirar más veces la sopa porque no le
terminan de gustar, pero nunca el segundo plato. Era extraño. Él se está
convirtiendo en un adolescente y, por lo tanto, su rebeldía está en un
aumento. Esa fue mi primera teoría. Pero, como de costumbre después del
almuerzo, lo llevé al baño. Y ahí me di cuenta de lo que pasaba. Llevaba
pañales y nunca lleva pañales. Cualquier cambio en la rutina de la
gente con discapacidad mental les afecta mucho, sobre todo en casos como
el de un autismo severo. Además, el pañal aprieta el estómago, por lo
que aún le daba más sentido a que fuese la causa de que no quisiese
comer y tirase la comida en la mesa. Después, la psicóloga del centro me
confirmó mis sospechas y me dijo, con una cara de descontento, que el
pañal había sido idea de la profesora del colegio porque el niño se
estaba meando encima más de lo normal. Pero no me parece un remedio
correcto porque, después de tanto trabajo para que haga sus necesidades
en el vater, le conduces de nuevo al punto de partido. Encima, la
consecuencia es que no se alimente. Mires por donde lo mires, es una
solución desacertada.
Para
compensar el mal cuerpo que te dejan estas circunstancias, después del
trabajo me acerqué a una playita junto al lago y, en soledad, me tumbé
en la arena con los pies en el agua.
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