Día 261: Pesadilla en la cocina

El comienzo de la semana fue un poco duro por una escena que viví en la cocina. Después de que todos comamos, los niños que han ido al colegio por la mañana empiezan a llegar a cuenta gotas. El primero es el niño con un grado severo de autismo. Y mi trabajo era servirle la comida y estar con él mientras comía. No es fácil porque acaba de aprender a comer por sí mismo y, si le prestas atención, hará lo posible porque le des tú de comer. Así que yo debía estar allí, pero lejos, y sin mirarle.

Entre la distancia y la ausencia de contacto visual, le dio la vuelta al plato de sopa, esperramándola toda por la mesa. Lo limpié y le puse delante el segundo plato. Se negaba a comer, empujado el plato, y yo se lo devolvía, diciéndolo que debía comer algo. Pero nada. No comía. Probé con pasar nuevamente de él y volvió a tirar la comida sobre la mesa. Lo recogí y me enfadé con él, y él conmigo. Yo no era capaz de entender esa reacción. Le había visto tirar más veces la sopa porque no le terminan de gustar, pero nunca el segundo plato. Era extraño. Él se está convirtiendo en un adolescente y, por lo tanto, su rebeldía está en un aumento. Esa fue mi primera teoría. Pero, como de costumbre después del almuerzo, lo llevé al baño. Y ahí me di cuenta de lo que pasaba. Llevaba pañales y nunca lleva pañales. Cualquier cambio en la rutina de la gente con discapacidad mental les afecta mucho, sobre todo en casos como el de un autismo severo. Además, el pañal aprieta el estómago, por lo que aún le daba más sentido a que fuese la causa de que no quisiese comer y tirase la comida en la mesa. Después, la psicóloga del centro me confirmó mis sospechas y me dijo, con una cara de descontento, que el pañal había sido idea de la profesora del colegio porque el niño se estaba meando encima más de lo normal. Pero no me parece un remedio correcto porque, después de tanto trabajo para que haga sus necesidades en el vater, le conduces de nuevo al punto de partido. Encima, la consecuencia es que no se alimente. Mires por donde lo mires, es una solución desacertada. 

Para compensar el mal cuerpo que te dejan estas circunstancias, después del trabajo me acerqué a una playita junto al lago y, en soledad, me tumbé en la arena con los pies en el agua. 



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