Día 257: El amor

Soy un fiel defensor de que la discapacidad no debe dar lástima. Sin embargo, uno tiene sus sentimientos y, a veces, los casos son tan extremos que esa lástima es inevitable. Creo que antes os he hablado de una niña con una movilidad muy limitada, que va en silla y, encima, sufre constantes dolores de estómago. Esos dolores provocan que esté triste, cabreada o llore. Ese suele ser su estado de ánimo. Pero el último jueves, reía como nunca. Fue el primer día que escucha su risa, su carcajada. Y a mí me dio un escalofrío (literalmente), quizá de esperanza. No exagero con lo del escalofrío. Imaginaos después de nueve meses verla siempre muy mal y, de repente, su risa. Fue un instante de emoción.

Pero la risa le duró poco. Muy poco. El estómago volvió a hacer de las suyas y ella regresó a las lágrimas. Después de la siesta, la niña estaba tumbada en la cama, llorando, y otro niño, que la ama con locura, se tumbó a su lado, cara a cara. Clavaron sus ojos el uno sobre el otro, y ella relajó el llanto. Nunca he visto una relación tan romántica, tan bonita, tan especial. No porque la protagonicen dos niños con discapacidad. Sino porque él está todo el día revolucionado, repleto de energía y con ideas de bombero. Y ella sufre mucho. Pero, cuando están juntos, el efecto es el contrario. Él se relaja, le besa, le acaricia, se preocupa. Y a ella se le rebaja el dolor. Puede ser que estos dos, repito, niños y con discapacidad mental y física, me estén enseñando a mí, un adulto de 28 años del que la sociedad no duda de sus capacidades, lo que es el amor.
 

 

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