Soy un fiel defensor de que la discapacidad no debe dar
lástima. Sin embargo, uno tiene sus sentimientos y, a veces, los casos
son tan extremos que esa lástima es inevitable. Creo que antes os he
hablado de una niña con una movilidad muy limitada, que va en silla y,
encima, sufre constantes dolores de estómago. Esos dolores provocan que
esté triste, cabreada o llore. Ese suele ser su estado de ánimo. Pero el
último jueves, reía como nunca. Fue el primer día que escucha su risa,
su carcajada. Y a mí me dio un escalofrío (literalmente), quizá de
esperanza. No exagero con lo del escalofrío. Imaginaos después de nueve
meses verla siempre muy mal y, de repente, su risa. Fue un instante de
emoción.
Pero la risa le
duró poco. Muy poco. El estómago volvió a hacer de las suyas y ella
regresó a las lágrimas. Después de la siesta, la niña estaba tumbada en
la cama, llorando, y otro niño, que la ama con locura, se tumbó a su
lado, cara a cara. Clavaron sus ojos el uno sobre el otro, y ella relajó
el llanto. Nunca he visto una relación tan romántica, tan bonita, tan
especial. No porque la protagonicen dos niños con discapacidad. Sino
porque él está todo el día revolucionado, repleto de energía y con ideas
de bombero. Y ella sufre mucho. Pero, cuando están juntos, el efecto es
el contrario. Él se relaja, le besa, le acaricia, se preocupa. Y a ella
se le rebaja el dolor. Puede ser que estos dos, repito, niños y con
discapacidad mental y física, me estén enseñando a mí, un adulto de 28
años del que la sociedad no duda de sus capacidades, lo que es el amor.
Comentarios
Publicar un comentario