Día 255: El susto de mi vida

El martes me llevé el susto de mi vida. Sin exagerar. Estábamos merendando en la cocina del centro. A un extremo de la larga mesa, un niño devoraba unos palitos de pan y yo, frente a él, le observaba. Al lado, otra compañera miraba el móvil. Y, al otro extremo de la mesa, una compañera le daba de comer a una niña en silla de ruedas. De pronto, la niña hace un ruido con la boca similar al que emite tu garganta cuando te atragantas, pero mucho más brusco. La niña empezó a ponerse roja, a convulsionar, con sus ojos clavados en el techo. Su cuerpo vibraba a una velocidad altísima. La compañera que le daba de comer, solo decía su nombre, intentando calmarla. La otra, se levantó pero no sabía muy bien qué hacer. Yo lo contemplaba todo, paralizado, con el corazón en la boca, asustado como nunca. Pensé que la niña se moría. De hecho, su cuerpo se paró de golpe. Sus ojos seguían inertes. Y durante un par de segundos sentí un escalofrío de terror. Hasta que pestañeó, su gesto facial cambió levemente y mi compañera la sacó de la silla para cogerla y quitarle el miedo de encima.

El ser humano es frágil de por sí. Pero ciertas discapacidades te hacen más frágil todavía porque, como en el caso de esta niña, tiene dificultades para tragar, y el riesgo de atragantarse es mucho mayor que en la inmensa mayoría de las personas. Por lo visto, mis compañeras no reaccionaron de forma histérica y veloz porque no es la primera vez que ocurre, ni la segunda, ni la tercera... Pero los nervios y la incertidumbre existen porque nunca se sabe si la próxima sucederá una desgracia.  



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