Día 250: The Last Dance

 

Todo lo que podáis leer, resulta complicado describir con palabras. El jueves fue el día más complicado que he tenido en el centro porque uno de los niños se marchaba al cumplir 18 años. En realidad, el jueves él estaba allí ilegalmente porque era su cumpleaños y, por lo tanto, ya era mayor de edad. Así de cruel es la ley con una persona con discapacidad mental. Lógicamente, teníamos que despedirle y celebrar su cumpleaños. 

Sus padres estuvieron con nosotros mientras les dedicamos unas palabras bonitas acompañadas de lágrimas. Y, después, durante la visualización de unos vídeos para el recuerdo y de la entrega de su diploma como graduado en nuestro centro de día. Fue muy extraño todo, una celebración feliz y triste a la vez, comiendo un dulce tarta muy amarga, compartiendo nuestros últimos minutos con él echándole mucho la bronca porque, al ser su cumpleaños, se creía con derecho a todo. Entonces, por ejemplo, a mí me intentaba bajar los pantalones o tocarme el culo, cosas que no hacía desde muchos meses atrás. Y claro, a pesar de que fuese su despedida, no podíamos permitirle ese comportamiento y había que abroncarle. Emocionalmente, resultó muy complicado. 

Se marchó una hora antes del cierre del centro. Y desde ese preciso momento ya notamos el vacío que dejaba y empezamos a echar de menos escucharle gritando nuestros nombres, los sonidos que emite con la boca entre palabras, sus dramas tirándose al suelo, su obsesión con los móviles, sus largos y calurosos abrazos. En la entrada del centro tenemos un panel con una tarjeta con la foto de cada niño y empleado por un lado y, por el otro, el nombre. Si lo que se ve es el nombre, esa persona no está en el centro en ese momento. Si se ve la foto, sí que está. Cuando iba a marcharme, me di cuenta que la tarjeta de este niño ya no estaba. Un símbolo que me desgarró un poco. Ha sido un buen amigo estos meses y lo voy a recordar siempre. 



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