El domingo jugamos al fútbol con un marcado acento
italiano. No porque estuviésemos a la defensiva ni porque yo llevase la
camiseta de la Fiorentina, sino porque entre nosotros teníamos cuatro
italianos, dos voluntarios y otros dos reclutados a través del típico
grupo de WhatsApp de italianos en Kaunas. Entre ellos, el resto de
voluntarios, los chavales lituanos que estaban por ahí y un grupo de
cuatro ucranianos, reunimos 14 jugadores para jugar 7 contra 7 en el
campo de césped artificial con medidas, precisamente, para esa cantidad
de jugadores.
La primera
vez que jugamos al fútbol también se nos unió, por pura casualidad, un
grupo nutrido de ucranianos (yo creían que eran rusos, pero resulta que
no). Tanto los de esa primera vez como la de esta tenían en común la
edad, alrededor de la mitad de la veintena. Es una pena que ninguno sepa
inglés para hablar con ellos, pero intuyo tanta coincidencia con
ucranianos no es justo eso, una coincidencia. Supongo que, debido a la
situación de conflicto en el país entre proeuropeos y prorrusos, se está
produciendo una fuga de gente, especialmente jóvenes decididos por la
apuesta de la Unión Europea y, también, de la paz. Abandonan el
conflicto hacia otros países del este donde se haya acogido del todo la
idea de la UE, donde exista un claro progreso hacia el proyecto común. Y
en eso están los países bálticos.
Aunque
en Lituania en concreto la cordialidad no es absoluta. Este fin de
semana se celebró una multitudinaria manifestación en defensa de la
familia tradicional. O lo que es lo mismo, en contra de la integración
de la homosexualidad en la vida diaria a través, por ejemplo, de la
aprobación del matrimonio entre dos personas del mismo sexo. Para mí,
eso es lo peor de este país, la homofobia y los roles de género tan
establecidos. Aun mucha gente que nació en la Unión Soviética mantiene
una clara mentalidad tradicionalista, de férrea disciplina y de
cumplimiento estricto de las normas marcadas como que el amor se lleva a
cabo, exclusivamente, entre hombres y mujeres. Europa del este arrastra
demasiados conflictos derivados del pasado soviético y resolverlos es
un reto para la UE.
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