Día 245: Raudondvaris y el paintball que nunca existió

El sábado me desperté con ganas de descubrir algún rincón nuevo de la región de Kaunas. Muy cerca de la ciudad está un pequeño pueblo que me habían recomendado, Raudondvaris. Los puntos de interés son, básicamente, tres. Para empezar, la iglesia de Santa Teresa, un humilde edificio que sufrió severos daños durante las dos guerras mundiales. Está rodeada de un jardincito con motivos religiosos curiosos de ver. Por dentro, no es nada espectacular pero resulta muy acogedor. Cuando entré, la misa estaba a punto de empezar y me quedé unos minutos. Escuchar al cura en lituano lo cambia todo, como si todo el rito fuese distinto. Además, era una misa cantada en plan gregoriano y eso sí que impresionaba.

El segundo punto de interés es el antiguo complejo que fue residencia de numerosas familias nobles durante siglos. Está formado por varios edificios que en su día fueron un establo o casa para los empleados. Pero el principal atractivo es el castillo en el que vivían los aristócratas. Lo llaman castillo porque tiene una torre, pero en realidad es una mansión. Lo curioso es su color rojo y su contraste con el paraje tan verde que le rodea. 

Y justo ahí está el tercer punto de interés, en el bosque que empieza justo detrás del castillo. Es amplísimo, lleno de caracoles, mariposas y pájaros. Yo recorrí una parte y lo que más me llamó la atención fue no cruzarme con gente más que dos hombres. Por lo tanto, pude disfrutar de los sonidos de la naturaleza son ninguna distracción. Lo más bonito de este bosque es el campo paralelo y al que no se puede entrar porque está vallado. Sin embargo, se observa sin problemas el inmenso manto amarillo formado por las pequeñas flores de este color y que colonizan Lituania desde la primavera al otoño. En serio, estas flores están por todas partes. 

Cuando regresé, jugamos al baloncesto y, después, el plan era jugar al paintball. Habíamos reservado, pero cuando llegamos al sitio, estaba cerrado. Llamamos y nos dijeron que alguien vendría en 10 minutos. Tras 20 minutos nadie había aparecido. Así que nos quedamos con las ganas, que aliviamos jugando al baloncesto, otra vez.
 


 

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