Día 240: Un punto de vista positivo de los límites

El lunes conocí a un niño nuevo. Bueno, niño no porque tiene 16 años. Llevaba uno sin venir al centro y ha vuelto porque, de lo contrario, habría que quitarle la plaza. Mis compañeras dicen que ha cambiado mucho su cara, que es más alto, más ancho, que tiene la voz más rasgada, pero que su comportamiento es más tranquilo que cuando entraba en la adolescencia y tuvo su particular revolución sexual. Me gustaría experimentar esas diferencias pero me tengo que conformar con conocer cómo es ahora. Es un chico muy repetitivo. Su cabeza solo se dirige a los mismos temas, el trabajo de sus padres, su casa y su coche. Y te puede preguntar varias veces lo mismo en pocos minutos aunque tú siempre le des la misma respuesta. Su mundo, en definitiva, es muy limitado. Pienso en esa gente que nos podemos permitir descubrir todo el mundo que nos rodea (no me refiero a viajar, la versión más superficial del verbo descubrir) y no lo aprovechamos. Nos encerramos en intereses propios, en envidias, en rencores, en venganzas. Aunque quizá esa es la virtud del mundo limitado de este chico, que es tan limitado que no cabe la maldad. Y a mucha gente le cabe demasiada maldad.


 

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