Día 234: Pelota y soga

Uno de los retos de trabajar con la discapacidad mental es tratar de involucrar a los niños en los juegos porque a veces se limitan a ser espectadores, con eso les basta. Por ejemplo, a un niño le gusta que tiremos una pelota grande, de las que se usan para hacer fisioterapia, hacia la canasta. Luego, que la pelota se quede sobre la canasta y la intentemos recuperar dándole golpes con otra pelota. Él no participa en todo ese proceso, solo observa. Se emociona tanto que no puede participar físicamente, solo sentarse y experimentar esa emoción, que ya es bastante para él.

El lunes encontré, por pura casualidad, una forma de involucrar a ese niño en ese juego. Abriendo con él unos armarios en busca de una pelota, dimos con una soga larguísima y ancha. A este niño le encantan los hilos también, puede pasarse horas enredando y desenredando o tirando de ellos. Se me ocurrió coger una de las pelotas de fisioterapia y amarrarla a la soga, tirar la pelota hacia la canasta y que, para recuperarla, el niño tirase de la soga. Así, formaría parte del juego. Y funcionó. Solo cambié un detalle, pero ese detalle resultó un cambio grande en la implicación del niño.  Y no se trata de darle vueltas a la cabeza, de que te venga la inspiración, se trata de que la casualidad te presente la oportunidad de hacer alguna modificación y estar abierto a esas modificaciones para mejorar los hábitos de los niños. Porque es cierto que los discapacitados mentales requieren de una rutina, de costumbres, pero a veces caemos en la tentación de cerrarnos demasiado en esos hábitos, creyéndolos definitivos, cuando siempre son mejorables. 



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