Uno de los retos de trabajar con la discapacidad mental
es tratar de involucrar a los niños en los juegos porque a veces se
limitan a ser espectadores, con eso les basta. Por ejemplo, a un niño le
gusta que tiremos una pelota grande, de las que se usan para hacer
fisioterapia, hacia la canasta. Luego, que la pelota se quede sobre la
canasta y la intentemos recuperar dándole golpes con otra pelota. Él no
participa en todo ese proceso, solo observa. Se emociona tanto que no
puede participar físicamente, solo sentarse y experimentar esa emoción,
que ya es bastante para él.
El
lunes encontré, por pura casualidad, una forma de involucrar a ese niño
en ese juego. Abriendo con él unos armarios en busca de una pelota,
dimos con una soga larguísima y ancha. A este niño le encantan los hilos
también, puede pasarse horas enredando y desenredando o tirando de
ellos. Se me ocurrió coger una de las pelotas de fisioterapia y
amarrarla a la soga, tirar la pelota hacia la canasta y que, para
recuperarla, el niño tirase de la soga. Así, formaría parte del juego. Y
funcionó. Solo cambié un detalle, pero ese detalle resultó un cambio
grande en la implicación del niño. Y no se trata de darle vueltas a la
cabeza, de que te venga la inspiración, se trata de que la casualidad te
presente la oportunidad de hacer alguna modificación y estar abierto a
esas modificaciones para mejorar los hábitos de los niños. Porque es
cierto que los discapacitados mentales requieren de una rutina, de
costumbres, pero a veces caemos en la tentación de cerrarnos demasiado
en esos hábitos, creyéndolos definitivos, cuando siempre son
mejorables.

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