Hay días en los que sientes una conexión especial con
algún niño en particular. Y el viernes me ocurrió con uno desde mi
llegada. Nada más entrar me dijeron, "está en la sala de relajación con
una trabajadora". Entonces, me puse a tocar en la puerta de la sala, a
abrirla un poquito y a esconderme. Él salía pocos después a ver quién
era y no encontraba a nadie. Lo volví a repetir, y él salía cada vez más
sorprendido hasta que decidí que ya era suficiente y que quizá estaba
al borde de pasar del juego al enfado. Cuando me vio le hizo gracia
pensar en lo que había hecho y me recibió felizmente.
El
día con él, en general, fue muy agradable, jugando a correr uno detrás
de otro, columpiándole, intentando darnos con una pelota de goma en la
cabeza y fingiendo entre risas que nos dolía mucho. Pero el momento
culmen fue cuando, después de comer, quería colgar del techo una caseta
para balancearse. Yo le decía que después de comer no podía jugar a eso,
que se podía marear y vomitar. Pero no me hacía caso. Sin embargo, como
yo no le ayudaba, procedió a intentar colgar la caseta por sí mismo.
Necesitaba altura, así que puso debajo algunos bloques de plástico que
le sirviesen como escalera. El problema es que no confiaba en subirse y
pidió que le sostuviera. Pues eso hice. Le rodeaba con mis brazos cual
arnés. Al subir él sus brazos para intentar colgar la caseta, se le iba
el cuerpo para atrás, y yo continuaba con su inercia fingiendo que nos
caíamos. Se partía de risa. Al final, se olvidó de balancearse. El
objetivo ya no era colgar la caseta, sino divertirse en el intento. Pasó
a él también fingir que nos caíamos, una y otra vez, desconjonándonos,
emitiendo sonidos de estar en peligro. Fue uno de esos momentos mágicos
que solo se pueden compartir con la ingenuidad y la imaginación de un
niño.
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