Día 229: Luces y sombras

El martes fue un día de un par de luces y una sombra muy grande. En cuanto a las luces, dos niñas y yo cocinamos una tortilla por la mañana. Les encantó participar en el proceso y también el resultado. Me gusta que, con este proyecto de las recetas españolas, entiendan que pueden ser autosuficientes para cocinar usando ciertos productos básicos, huevo y patata en este caso. Además, estuve otra hora bailando con la niña en silla de ruedas con la que ya bailé el viernes. Pero esta vez fue muy diferente porque le desaté el arnés para que ella tuviese algo más de "movilidad". Lo pongo entre comillas porque esa movilidad consiste en mover la cabeza de un lado para otro y repetir el mismo limitado movimiento de manos, abriendo y cerrando los dedos. Ese movimiento de manos no es recurrente en ella. De hecho, el otro día explicaba que ella no movía más que la cabeza. Y es verdad, ese movimiento de manos es algo excepcional. Bailando el martes me di cuenta de por qué. No disfrutaba del todo haciéndolo, ponía la cara de quien hace un esfuerzo enorme. No sonreía, como el viernes. Sin embargo, ella insistía porque quería bailar por sí misma, con mi única ayuda de sostenerle los hombros para que no se cayese hacia adelante por la ausencia del arnés.

Justo después de la hora de baile, la habitación en la que estábamos fue invadida por el resto de niños de nuestro grupo. Entre ellos, el niño autista, que estaba tremendamente cabreado. Y su cabreo iba a más y más con cada cosa que no le dejábamos hacer y que consistían en tirarlo todo. Me dejaron solo con él y dos niñas más (las de la tortilla) y una me dijo con gestos que creía que el niño estaba cerca de llorar. Pues el niño me intentó quitar la mascarilla a lo bruto y le bloqueé el cuerpo con mis manos, fuerte, para que no se moviese y comprendiese que no me gusta lo que hace. Se echó a llorar. De pronto, su cara cambió por completo, se enrojeció hasta el extremo y su gesto era de los más tristes que he visto antes. Lloraba a mares, combinando el llanto con gritos desconsolados. Pero fue lo mejor que le pudo pasar. Porque cuando terminó de echar en forma de lágrimas todo el cabreo que llevaba dentro, se calmó y recuperó la normalidad, volvió a ser el que suele ser. Sin embargo, a mí me dejó muy muy mal cuerpo, y el resto del día solo pude pensar en que fui el yo el que le provoqué el llanto, el que le hizo llorar definitivamente.
 

 

Comentarios

Entradas populares