Días 226 y 227: Rubin Kazan, 2001

El fin de semana se resume en lo que hice el sábado por la tarde, 4 horas de deporte que me incapacitaron para el domingo por el dolor de cabeza y muscular. Los voluntarios quedamos el sábado en Panemune, un inmenso parque de pinos a la orilla de uno de los ríos. En uno de los extremos del parque, con el río a un lado y el pinar al otro, se encuentran una cancha de baloncesto y dos porterías de fútbol con arena de playa de por medio. Empezamos jugando al fútbol con un poco de locura por lo difícil que era controlar y dirigir el balón por culpa de la arena. Pero eso lo hacía más divertido. Al rato, se nos juntaron dos grupos de rusos auspiciados por nuestro querido voluntario ruso. De pronto, yo formaba parte de un equipo en el que todos eran rusos menos yo. Se comunicaban en su idioma mucho más de lo que esperaba, no paraban de hablar, y yo me limitaba a levantar el dedo gordo para decir ok. Me sentí como en un equipo ruso a principios de siglo, cuando los clubes del país comenzaban a internacionalizarse y, entonces, la plantilla estaba formada por rusos excepto un extranjero. Pero el Rubin Kazan, con su pieza exótica incluida, ganó el partido contra un combinado del resto del mundo con un resultado de 4-2.

Después, la mayoría de voluntarios de fueron y me quedé a solas con el querido voluntario ruso jugando al baloncesto. Cuando, de entre la maleza, apareció Marius. Los tres jugábamos entre los rayos sol y también la nieve que caía sorprendentemente durante unos breves minutos. Otro hombre se puso a jugar en la misma cancha y le invitamos a jugar. Ya tenía una barba canosa y una pierna alto coja. Y cuando le invitamos a jugar dijo "pero yo no soy bueno, ¿sabéis?". Bueno, jugamos un dos contra dos y el hombre nos humilló. Lo de los lituanos y el talento para el baloncesto va mucho más allá de las cualidades adquiridas, más allá del entrenamiento, hay algo genético, como ocurre con los afroamericanos, también para el baloncesto o para el atletismo. 



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