Días 218, 219 y 220: Un ciervo anda suelto

El fin de semana viví una escena salvaje. El domingo, paseaba por un bosque cercano a mi casa cuando, de pronto, se me cruza un ciervo delante. Un ciervo precioso, elegante en su postura, con un pelo impoluto, una mirada enfocada en su camino, y con una altísima velocidad. Solo lo pude disfrutar por dos segundos desde que apareció entre los árboles, atravesó el sendero con una zancada, y desapareció de nuevo zigzagueando entre los obstáculos que se le ponían por delante. Me quedé impactado, quieto, con los ojos como platos. Porque nunca antes había visto un ciervo, para mí eran como una especie de animal mitológico. Y porque pasó a pocos metros, sintiéndome vulnerable.

Durante mi parálisis, se escucharon unos aullidos y, poco después, hizo acto de presencia un perro de esos pequeños y alargados que se usan para cazar. Llevaba una especie de antena anclada al lomo para emitir señales de la ubicación y no perderlo. El perro seguía la pista del ciervo sin problema, pero no podía seguir su ritmo. Tenía pinta de que no estaba en una "misión oficial", sino en un entrenamiento. 

La escena transcurrió en un minuto o incluso menos. Pero por ese minuto no vale la pena contar nada más de un fin de semana de paseos, Photoshop, cocina, Fórmula 1 y un meeting muy poco útil. 



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