Día 203: Escena de un jueves en dos actos
Un folio delante de un niño. El papel termina hecho pedazos. El chico de 17 años le empieza a gritar preguntándole qué hace. Está enfadado. Muy pero que muy enfadado, y empieza a golpear la mesa. El otro niño le imita. Los golpes en la mesa son cada vez más fuerte. Y mis compañeras deciden sacar de allí al niño que ha empezado todo. Pero se resiste, golpea todo lo que pilla a su paso con los pies. Las patadas vuelan. Chilla. Chilla con todas sus fuerzas. Su cara se enrojece. Y el otro chico se levanta para perseguirle con la mano en alto, con la intención de pegar al otro. No lo consigue. Por suerte, mis compañeras consiguen sacar al niño antes de que reciba un golpe. Pero quién no puede evitar los golpes del chico de 17 años es la puerta. Un golpe. Y otro. Y otro. Golpes que se intercalan con palabras a todo volumen. Tanto volumen que son ininteligibles. Desde el otro lado de la puerta, el otro niño sigue chillando. El chillido se empieza a convertir en llanto. Y el chico sale también al pasillo, se tumba en el suelo. Al final, los dos están en diferentes puntos del pasillo, tirados en el suelo, con los ojos húmedos, intentado retomar el control de sí mismos, con mis compañeras tratando de ayudarles. En la cara de los dos se dibuja la confusión. La confusión por no saber muy bien qué acaba de pasar y, sobre todo, por qué. Todo ha ocurrido muy rápido. Más rápido en lo que se lee este texto. Pero la calma se retoma lentamente. Lenta. Lentamente.




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