Día 225: Latinizando Kaunas

El viernes estuve una hora bailando, encerrado en una habitación, con una de las niñas del centro. La niña va en silla de ruedas y no mueve los brazos ni las piernas, solo cuando se le tensionan porque se emociona o por los espamos. Yo le iba poniendo canciones de Celia Cruz, Juan Luis Guerra, Marc Anthony... E intentaba descubrir cómo le gustaba bailar, qué movimientos le resultaban más "placenteros". Lo puedes saber porque, aunque no habla, es muy expresiva con su cara y se le pone una sonrisa de oreja a oreja. Empecé cogiéndole las manos y moviendo sus brazos con movimientos circulares. Al principio le encantaba, pero creo que solo por la novedad de hacer algo que no suele hacer, bailar. Porque al poco tiempo se aburrió, parecía que mover los brazos no le atraía demasiado. Así que pasé a las piernas. Le agarraba los tobillos y le movía las piernas al ritmo de la música. Y ahí descubrí que, para ella, bailar significa más el movimiento de piernas que de brazos. Lo comprendí por su cara, que también me transmitió la alegría que sentía cuando le movía le silla como si estuviese dando pasos hacia adelante y hacia atrás bailando salsa. Al final, se trataba de reproducir lo más fielmente posible un baile real. 

Ella ponía de su parte moviendo ligeramente el cuello de un lado para otro, imitándome. Yo intentaba provocar el efecto espejo, que mis movimientos de cabeza fomentaran los suyos. Y así fue. Lo malo es que cuando mueve la cabeza durante unos minutos, el cuerpo le envía un espasmo. Claro que a veces el cuerpo le da una tregua y el espasmo llega más tarde. En esos momentos en los que el retraso del espasmo le permitía concentrarse en el baile por un rato, ella miraba al techo y sonreía. Estoy seguro de que en su mente éramos como una pareja de bailarines profesionales moviéndonos con mucha ligereza y fluidez. 



 

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