Día 223: Beso de Judas

El miércoles uno de los niños me dio un beso en la mejilla. Extraño en él porque solo da besos si le interesa, si se los pides a cambio de algo. Pero esta vez fue diferente. Yo simplemente le di un abrazo de bienvenida y él me besó. Claro que, cuando aparté la cara, pude ver la suya diciéndome "prepárate que te la voy a liar".

Aunque si ese día destacó por algo fue por un nuevo juego que desarrollé con una niña. Encontró un mandó de un coche de juguete que yo no había visto antes y creo que ella tampoco. Ella estaba mirándolo como pensando "qué puedo hacer con esto". E hizo lo más básico, pulsar un botón y emitir un pitido con la boca. Tuve una reacción instantánea de quedarme paralizado, como si el mando me hubiese dado esa orden. Veía a la niña fijándose en mí con curiosidad y volvió a emitir un pitido, así que me moví de nuevo. Se descojonó. Descubrió que el mando y los pitidos me congelaban o descongelaban. Pues estuvo así todo el día. Desde las 10 de la mañana hasta las 17 de la tarde. Durante la comida, durante las actividades. Le entusiasmó ese nuevo juego porque está niña disfruta especialmente los juegos que la empoderan. 

La cosa es que los demás niños observaron el juego y empezaron a ponerlo en práctica, fingiendo tener el mando, emitiendo un pitido. Es increíble lo fácil que es crear una costumbre en los niños (en general) cuando se trata de diversión y lo difícil que es cuando se trata de responsabilidad. Ahí, pienso, reside el reto del sistema educativo: que los niños dejen de ver las rutinas del colegio como una responsabilidad y las vean como una diversión, y la clave para cambiarlo está en la metodología. Si logramos ese giro, los niños aprenderán más rápido y mejor. 



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