Los días raros en el centro no son en los que vivimos
episodios de agresividad por parte de algún niño o varios, o cuando el
ambiente está revolucionado. Los días raros son esos en los que no pasa
nada, en los que desde el primer segundo hasta el último reina la
tranquilidad como si fuese una piscina en Teruel. Encima, si hace un día
veraniego, pues todo es más extraño todavía. Lo curioso es que no estás
pensando, "ojalá cada día sea así". Lo curioso es que echas de menos
los días alterados. Los días patas arriba. Los días que te marcan la
memoria.
Y eso me hace
pensar que hay una especie de "masoquismo" en este tipo de trabajos. Que
quizá a la gente que los lleva a cabo, además del compromiso social,
les gusta complicarse la vida, casi que les gusta más sufrirla que
disfrutarla. Pero luego la cabeza me da otra vuelta de tuerca y acabó
confirmando una eterna sospecha. La vida se disfruta sufriéndola, y por
eso se disfruta un trabajo tan sufrido como este. Por eso en los peores
días terminas más satisfecho. Por eso no solo le dedicas a este trabajo
tu cuerpo y tus ganas, sino también tu mente. Te recreas en el futuro de
estos niños cuando se te escape de las manos, un futuro nada claro, por
no decir oscuro, y te perturba, te duele, te enloquece, te entristece,
te genera impotencia, frustración. Como nos ocurre con el chico de 17
años, al que desde el lunes, ese día tan tranquilo, le queda solo un mes
en el centro porque cumplirá 18. Y puede que esa calma solo haya
anticipado la tormenta.
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