Día 215: Contacto y brutalidad

Una de las niñas del centro tiene una cierta fijación por mí. Supongo porque soy la novedad a pesar de llevar ya más de medio año en el centro, porque mi autoridad no es la misma que la de una trabajadora y porque soy el único chico adulto y, como dice mi tutora, al final es una adolescente. Tiene 14 años y un cuerpo ya bastante desarrollado, como buena lituana que es. Fuerte, corpulenta y, como la mayoría de niños cuando van cogiendo cuerpo, no sabe controlar ese aumento de vigor. Además, es una niña a la que le gustan mucho los juegos con contacto físico. Un contacto bastante bruto. El martes yo sufrí esa brutalidad de alguien que no controla su fuerza durante casi siete horas consecutivas. Aunque lo que más me incomodaba era que, a veces, la cercanía entre algunas partes de nuestros cuerpos resultaba excesiva. Le intentas decir que no, que así no, que se distancie. Y te mira con una cara de no entender por qué si no está haciendo nada malo. No comprende lo extraño de que dos personas, sobre todo un hombre y una niña, compartan un espacio tan escaso en determinadas posiciones que pueden sugerir algo diferente a lo que significa para ella, solo un juego.

Hacerle comprender la realidad es una lucha muy compleja con ella por las barreras de su discapacidad. Otra de las luchas que tienen mis compañeras con esa niña es ayudarle a comprender que, precisamente, ya no es una niña, que ha dado un paso y es más grande, más fuerte, y eso afecta a su relación física con los demás. Una lucha a la que se suma el limitar su brusquedad, no solo en el contacto, sino también en lo verbal. 



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