Día 209: El reto

El miércoles afronté un reto bastante grande. Mi tutora me propuso, con cierta incertidumbre e incluso temor, que saliese de los límites del centro a solas con el chico de 17 años. Digo que era un reto bastante grande porque él no estaba teniendo un buen día (por eso la necesidad de que tomase un poco de distancia con el centro), y porque estoy hablando de alguien corpulento, no de un niño que si se le cruzan los cables puedes controlar físicamente. La verdad es que agradezco a mi tutora por la confianza y, aunque me atreví, reconozco que yo tenía tanto miedo como ella. Sin embargo, todo su perfecto. Fuimos a la costa del lago y empezamos a tirar piedras tanto dándoles patadas como con la mano. Lo pasamos bastante bien durante un rato muy largo y, cuando ya se aproximaba la hora de volver para hacer una actividad con el resto del grupo, le comenté al chico que si cogíamos unas flores para llevar un ramo al centro. Le pareció una idea estupenda y regresó muy entusiasmado con su ramo en la mano. Fue todo un éxito.

Es increíble cómo le suele cambiar la actitud al salir un rato del edificio, como si las paredes le reprimiesen o le angustiaran. Eso no quiere decir que en el exterior su discapacidad mental se anule y su comportamiento sea adecuado todo el rato, de ahí que al regresar y saber que no hubo ningún problema, más bien al contrario, mi tutora respirara aliviada. Sobre todo al ver los vídeos que grabé y las fotos que saqué, en las que se veía al chico muy feliz, solo un mes y dos semanas antes de dejar el centro al cumplir la mayoría de edad. 

Otra vez en el centro, hicimos mi nueva actividad, unas coronas con orejas de animales que se sostienen en la cabeza con hilos. Me sorprendió la buena respuesta de los niños, especialmente de este chico que pintó su corona como nunca antes lo había visto. Y después, se la puse y la lució por el centro cual modelo. Si bien la semana pasada fue la más dura de toda mi estancia en el centro, este miércoles fue de los mejores días.  







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