Día 205: Lapės

El sábado hacia un buen día y me levanté con el antojo de subirme a la bici para descubrir nuevos rincones del barrio. Me fui metiendo por senderos que no conocía hasta que entré en una carretera principal con un carril bici a uno de los lados. Di pedales alejándome de Kaunas hasta que, incluso, abandoné los límites de la ciudad. Era una aventura imprevista pero justo esa ausencia de previsión fue la que lo hizo tan ecomiconante. Iba fijándome en cada uno de los carteles que indicaban la pequeña distancia de localidades cercanas. Pero no quería dejar atrás el carril bici hasta conocer dónde terminaba. Y así, llegué al final, aunque un estrecho arcén de tierra continuaba facilitando el camino para las bicicletas. El final del carril coincidía con un cartel que anunciaba que, sobre una pronunciada cuesta, se levantaba el pueblo de Lapės. No perdí la oportunidad y me esforcé en subir la cuesta para visitar el pueblo. Nada más entrar, estaba la iglesia, el cementerio, la comisaría, correos, el colegio, el supermercado, la peluquería, las canchas de baloncesto... Toda la vida se acumulaba en un mismo punto y, desde allí, se extendían cientos de casas con jardincitos que, a su vez, las rodeaba un bosque.

En esta travesía en bicicleta confirmé de nuevo la mayor lección que podemos aprender de Lituania: integrar la ciudad en la naturaleza y no destruir la naturaleza para construir la ciudad sobre ella. Me alucina la convivencia que hay en este país entre las infraestructuras necesarias para el desarrollo de la civilización y la naturaleza preexistente. Quizá por eso Kaunas me parece una ciudad de cuento de hadas. 






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