Hoy he tenido una tarde bastante triste. Primero, porque
tuvimos una reunión online con niños de otro centro de día. Un centro
de día para menos en riesgo de exclusión social, sobre todo porque
proceden de familias con ingresos muy muy reducidos. Eran cuatro niñas
cercanas a la adolescencia, con una evidente cara de tristeza bajo la
mascarilla. No sé por qué pero soy especialmente sensible a la pobreza y
si afecta a niños pues ya me impacta de una manera incontrolable. Y le
doy vueltas a muchas cosas. A muchas. Me da una bajona. No lo puedo
evitar.
Podéis pensar
que he decidido dedicar bastante tiempo de mi vida a la discapacidad por
mi sensibilidad hacia las personas que la sufren. Es cierto. Sin
embargo, no sería capaz de ser voluntario con discapacitados si ellos me
afectasen de la manera tan profunda que lo hacen las personas en riesgo
de pobreza o ya sumidos en esas pésimas circunstancias. Simplemente, si
fuese al centro de día en el que están esas cuatro niñas, acabaría cada
día emocionalmente destrozado.
Aunque
justo hoy también he terminado emocionalmente destrozado por algo que
ocurrió en mi centro. Estábamos en el parque, yo junto a uno de los
niños, cuando el mayor de todos se me acercó, se me puso delante,
mirándome a los ojos, de pie frente a frente. Yo esperaba un abrazo
porque cada vez siento que somos más amigos y tenemos un contacto muy
sano. Sin embargo, me pegó en la cara. Antes había experimentado
episodios agresivos con otros niños, pero ninguno me había pegado
directamente en la cara, donde saben que más duele. Y aunque en este
caso no dolió físicamente, sí lo hizo de otra manera. Porque cuando
creía que estaba en el mejor momento de mi relación con este chico, de
pronto ocurre esto y todas las buenas sensaciones se evaporan.
Comentarios
Publicar un comentario