Para trabajar con niños con discapacidad mental hace
falta mucha fuerza mental. No quiero decir que yo sea mentalmente
fuerte, para nada. Pero sí es verdad que la fortaleza mental de mis
compañeras me inspira bastante. Así que ante ciertas situaciones en las
que tiendo a enfadarme, simplemente me resigno, comprendiendo dónde
estoy y cuáles son las circunstancias. Por ejemplo, el miércoles preparé
una actividad para hacer más adelante. Realicé un elaborado modelo con
todo mi cariño y necesitaba probarlo en uno de los niños. Me acerqué a
uno que me quitó el modelo de las manos y lo rompió.
Lo
normal sería cabrearse y pensar "joder tío, he estado haciendo esto
para ti, para que lo pases bien y aprendas, y vas a me lo rompes". Pero
entendí que no puedo reaccionar de forma normal porque la circunstancia
no es normal. Porque estos niños no son normal. Y con esto no pretendo
despreciarlos. Al contrario, creo que sobrevaloramos el concepto normal
(vinculado a lo habitual), porque lo normal puede indicar maldad como en
el caso de la política, donde robar y decepcionar se ha convertido en
lo normal. De la misma manera, pienso que en realidad no está tan
extendido como pensamos: en situaciones, en emociones, en personas, en
objetos, en experiencias... Y que, además, es un término muy variante,
muy dinámico. Lo que hoy es normal, mañana no lo es, y viceversa. Por
todo eso no nos debería dar tanto repelús calificar algo como no normal,
ni tampoco intentar convertir lo no normal en normal. Pues ni lo no
normal significa "peor" ni lo normal significa "mejor".
De
hecho, para mí estos niños no normales son lo mejor. Vivo con ellos
escenas que me llenan de alegría. Como con la tarta que trajo uno el
miércoles, y me encantó. Una niña que estaba en la mesa justo delante de
mí dejó media tarta, le señalé con un dedo a una parte de la cocina y
ella miró siguiendo mi dedo. En ese momento, aproveché para quitarle una
cucharada de su tarta y al darse cuenta se descojonó. Así que volvió a
mirar al techo y otros puntos de la cocina, fingiendo distracción,
mientras yo me comía su tarta poco a poco y ella me pillaba en medio del
robo, riéndose. Riéndonos todos los que estábamos en la cocina con esa
bendita tontería.
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