Día 186: La escena

Imaginaos la escena. Un niño hiperactivo corriendo de un lado a otro, lanzando cosas, y chillando a toda voz que se quiere largar a casa. Al mismo tiempo, otro niño, gritando, más bien rugiendo, tanto que retumbaba en las paredes. Por si fuera poco, un chico de 17 años, enorme, se pone violento, incontrolable. Y, en medio del lío, queda otro niño que agacha la cabeza intentando evadirse, una niña sensible a los oídos con una cara de terror que sobrecoge, una niña con punzadas continuas en el estómago a la que cualquier follón a su alrededor le impulsa aún más el dolor, y otra niña que había llegado al centro muy contenta con su nuevo vestido pero que, ante la situación, los ojos se le humedecían del susto.

La escena de prolonga y se prolonga, rompiendo la rutina de cada mañana en el centro de día. Lo único que es capaz de calmar las aguas y recuperar la normalidad, es el almuerzo. Que todos los niños y niñas de centren en comer y abandonen por una vez esa actitud tan "destructiva" con la que han empezado la semana. 

Esta situación me recordó a una conversación reciente que tuve con mi tutora. Me decía que tienen a menudo peticiones para hacer voluntariado en el centro, pero que las suele rechazar porque la inmensa mayoría de la gente cree que la discapacidad mental es más "graciosa" que "problemática". Porque el poco contacto que ha tenido con alguien con discapacidad mental probablemente sea una persona una con Síndrome de Down y bastante autocontrol, que puede hacer su vida por su cuenta o con una pequeña ayuda. De hecho, si nos paramos a pensar, la discapacidad mental se asocia generalmente al Síndrome de Down y al autismo, a los casos leves de autismo que incluso pueden compartir un colegio ordinario porque sus problemas para socializar no son graves. 

Sin embargo, la realidad es otra. Hay miles de discapacidades mentales, muchas sin diagnosticar. A veces se mezclan unos diagnósticos con otros. El autismo que conocemos no tiene nada que ver con el autismo que incapacita de verdad a alguien que vive tan en su mundo que ni habla o ni tiene esas capacidades extraordinarias que se relacionan al autismo. Esa narrativa es una mentira que nos hemos creído, un mito para sentirnos mejor ante una discapacidad mental común. ¿Qué ocurre? Que la gente generaliza y cree que el chico o chica con Síndrome de Down al que ve a solas por la calle, sin ningún problema, es lo común entre la discapacidad mental. Porque, además, el hombre o mujer que grita por la calle o tiene un comportamiento extraño, no es discapacitado mental, lo etiquetamos como loco. Quizá es hora de empezar a entender que la discapacidad mental es ese mal llamado loco y no ese joven con Síndrome de Down al que vemos y pensamos "qué mono" como si fuera un perrete.
 

 


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