Imaginaos la escena. Un niño hiperactivo corriendo de un
lado a otro, lanzando cosas, y chillando a toda voz que se quiere
largar a casa. Al mismo tiempo, otro niño, gritando, más bien rugiendo,
tanto que retumbaba en las paredes. Por si fuera poco, un chico de 17
años, enorme, se pone violento, incontrolable. Y, en medio del lío,
queda otro niño que agacha la cabeza intentando evadirse, una niña
sensible a los oídos con una cara de terror que sobrecoge, una niña con
punzadas continuas en el estómago a la que cualquier follón a su
alrededor le impulsa aún más el dolor, y otra niña que había llegado al
centro muy contenta con su nuevo vestido pero que, ante la situación,
los ojos se le humedecían del susto.
La
escena de prolonga y se prolonga, rompiendo la rutina de cada mañana en
el centro de día. Lo único que es capaz de calmar las aguas y recuperar
la normalidad, es el almuerzo. Que todos los niños y niñas de centren
en comer y abandonen por una vez esa actitud tan "destructiva" con la
que han empezado la semana.
Esta
situación me recordó a una conversación reciente que tuve con mi
tutora. Me decía que tienen a menudo peticiones para hacer voluntariado
en el centro, pero que las suele rechazar porque la inmensa mayoría de
la gente cree que la discapacidad mental es más "graciosa" que
"problemática". Porque el poco contacto que ha tenido con alguien con
discapacidad mental probablemente sea una persona una con Síndrome de
Down y bastante autocontrol, que puede hacer su vida por su cuenta o con
una pequeña ayuda. De hecho, si nos paramos a pensar, la discapacidad
mental se asocia generalmente al Síndrome de Down y al autismo, a los
casos leves de autismo que incluso pueden compartir un colegio ordinario
porque sus problemas para socializar no son graves.
Sin
embargo, la realidad es otra. Hay miles de discapacidades mentales,
muchas sin diagnosticar. A veces se mezclan unos diagnósticos con otros.
El autismo que conocemos no tiene nada que ver con el autismo que
incapacita de verdad a alguien que vive tan en su mundo que ni habla o
ni tiene esas capacidades extraordinarias que se relacionan al autismo.
Esa narrativa es una mentira que nos hemos creído, un mito para
sentirnos mejor ante una discapacidad mental común. ¿Qué ocurre? Que la
gente generaliza y cree que el chico o chica con Síndrome de Down al que
ve a solas por la calle, sin ningún problema, es lo común entre la
discapacidad mental. Porque, además, el hombre o mujer que grita por la
calle o tiene un comportamiento extraño, no es discapacitado mental, lo
etiquetamos como loco. Quizá es hora de empezar a entender que la
discapacidad mental es ese mal llamado loco y no ese joven con Síndrome
de Down al que vemos y pensamos "qué mono" como si fuera un perrete.
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