Día 174: Gritando a la alcantarilla
Esta mañana, nada más llegar al centro, me he llevado una sorpresa enorme. El chaval de 17 años, con el que tengo el reto de construir una amistad, me ha dado una abrazo fuerte y largo. Ha sido un momento muy especial para mí. Pero luego, este chico también estaría implicado en otro momento precioso. Se enfadó con otro niño, que le dio con la mano abierta, y cada uno se fue por su lado. Les juntamos para el que le había pegado pidiese disculpas. Y lo que pasó fue increíble. El agresor no sabe hablar más que unas pocas palabras y, sobre todo, se comunica con gestos y sonidos. Miraba fijamente al otro diciendo algo, aunque era ininteligible, abrió los brazos y los volvió a cerrar cruzándolos sobre él, como si se diese un autoabrazo. El otro no respondía, pero este chico insistió y, al no saber decir por favor, juntó las palmas de las dos manos cual rezo. Al final, el otro sonrió, se levantó y se fundieron en un abrazo. Fue muy mágico, claro que es difícil de explicar esa magia en un texto y especialmente a alguien que no vive el día a día de este centro ni conoce a los niños. De verdad que nos dejaron atontados.



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