Después
de meses en los que, por culpa de la nieve, no hemos pisado el parque
que tenemos en el centro, por fin hemos vuelto. El tobogán, los
columpios, las telas de araña... Se nota que los niños lo echaban de
menos porque ayer pasaron un buen rato en el parque, muy excitados,
jugando a perseguirse. Uno de los niños, autista, suele abrir los brazos
como si estuviese volando. Cuando se columpios lo hace más a menudo y
con una cara de felicidad inalcanzable para la inmensa mayoría. Muchos
deseando poder volar y otros pueden hacerlo solo con su mente.
El
día acabó un poco extraño. A última hora siempre suele quedar el mismo
niño en el centro y yo con él. Estábamos en un pasillo con la luz
apagada (les encanta porque tienen una mayor sensibilidad a la luz y les
moletasta. Nos tirábamos una enorme y sueva rueda el uno al otro,
tumbados en el suelo para que nos pasase por encima. En eso estábamos
cuando, de pronto, suena la alarma de incendios. Una alarma chillona,
con una voz aguda que rompía los tímpanos. Mi tutora vino rápidamente
porque pensaba que el niño, al que le gusta hacer locuras, había tocado
algo. Pero no. Y a partir de ahí hubo unos momentos de pánico hasta
comprobar que todo estaba en orden y que la alarma había saltado por
error. Pero de verdad que hubo bastante nerviosismo por unos minutos,
justo los anteriores a volver a casa. Así que todos salimos del centro
con una sensación extraña.
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