Día 168: Montaña rusa

Hoy he preparado una nueva actividad, una caja de esas en las que pones una bola a un lado y, moviéndola, tienes que hacer llegar la bola al lado contrario hasta que caiga por un agujero. De por miedo, hay que sortear obstáculos, vallas y hoyos. Para los chicos y chicas, esta actividad no solo supone beneficios en sus cualidades artísticas y creativas por tener que elaborarlo basándose en el ejemplo. Al jugar con el resultado final, también se fomenta su coordinación, una característica bastante ausente en la mayoría de los casos.

Durante esta actividad, los chicos y chicas estuvieron tranquilos, pero hoy ha sido una montaña rusa de emociones porque uno de los chicos es, precisamente, una montaña rusa de emociones bastante dramático, y nos lo transmite a todos con su comportamiento. Tiene días más estables, claro, y hay que trabajar en eso. Pero otros no puedes controlarlo, tiene el día malo y ya está, como nos pasa a todos. De todas formas, he pasado un buen rato con él haciéndole cosquillas en sus pies, esa parte del cuerpo que tanto odio. Sin embargo, porque en sus días malos ese chico tenga unos minutos de felicidad, soy capaz hasta de tocar los pies más asquerosos del mundo. 

Como con otro de los chicos, al que le construía un castillo que llegaba hasta el techo con grandes piezas plastificadas de las que se usan para hacer psicomotricidad, y cada vez que terminaba el castillo, él lo tiraba, descojonado. Así decenas de veces hasta que vinieron a buscarlo. Este trabajo puede ser muy repetitivo, pero nada monótono. 



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