Hoy
he preparado una nueva actividad, una caja de esas en las que pones una
bola a un lado y, moviéndola, tienes que hacer llegar la bola al lado
contrario hasta que caiga por un agujero. De por miedo, hay que sortear
obstáculos, vallas y hoyos. Para los chicos y chicas, esta actividad no
solo supone beneficios en sus cualidades artísticas y creativas por
tener que elaborarlo basándose en el ejemplo. Al jugar con el resultado
final, también se fomenta su coordinación, una característica bastante
ausente en la mayoría de los casos.
Durante
esta actividad, los chicos y chicas estuvieron tranquilos, pero hoy ha
sido una montaña rusa de emociones porque uno de los chicos es,
precisamente, una montaña rusa de emociones bastante dramático, y nos lo
transmite a todos con su comportamiento. Tiene días más estables,
claro, y hay que trabajar en eso. Pero otros no puedes controlarlo,
tiene el día malo y ya está, como nos pasa a todos. De todas formas, he
pasado un buen rato con él haciéndole cosquillas en sus pies, esa parte
del cuerpo que tanto odio. Sin embargo, porque en sus días malos ese
chico tenga unos minutos de felicidad, soy capaz hasta de tocar los pies
más asquerosos del mundo.
Como
con otro de los chicos, al que le construía un castillo que llegaba
hasta el techo con grandes piezas plastificadas de las que se usan para
hacer psicomotricidad, y cada vez que terminaba el castillo, él lo
tiraba, descojonado. Así decenas de veces hasta que vinieron a buscarlo.
Este trabajo puede ser muy repetitivo, pero nada monótono.
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