Os
tengo que contar algo muy extraño que me pasa con los niños. Se podría
decir que es sobrenatural, propio del realismo mágico. En muchas
ocasiones (realmente muchas) cuando les toco me dan calambres, me
comunican electricidad. Y con bastante intensidad. Llevo tiempo buscando
una explicación y no la encuentro. Simplemente, ocurre. Y lo cuento
ahora porque el lunes, al contarctar con un niño en concreto, y en un
periodo corto de tiempo, unos 15 minutos, me habrá dado como cinco o
seis calambres. Hasta el punto de que intenté evitar el contacto.
El
lunes volvió al centro, después de varios meses, el mayor de todos los
usuarios. Se le echaba de menos pero a la vez da mucho trabajo porque su
actitud no es la mejor. Es curiosa esa dualidad de este trabajo en la
que, por un lado, les echas mucho de menos y, por la otra, te alivia que
no estén. Pero es que la recompensa de la presencia es demasiado
grande. Con este chico, me puse a pintar en una mesa pequeña, los dos, y
pasamos un buen rato agradable en silencio y lo único que él hacía era
darme un beso en la frente de vez en cuando. Muestras de cariño les
sobran. De hecho, este día hicimos cupcakes para todos los trabajadores
del edificio (incluso los que no trabajan con nosotros) y los fuimos
repartiendo. La emoción de estos chicos y chicas cuando dan algo es
indescriptible e infinitamente mayor que cuando reciben.
Comentarios
Publicar un comentario