Días 110, 111 y 112: Recuerdos

Los últimos días del año en el centro de día oscilaron entre lo maravilloso y lo angustioso. El martes por la mañana cocinamos un bizcocho que quedó demasiado salado. Por la tarde, hicimos un experimento con burbujas que consistía en echar colorante a un base de agua con un poco de jabón y que los niños, soplando a través de una pajita, creasen grandes burbujas. Estaban contentísimos y en algunos momentos se convirtió en una guerra de burbujas que volaban de un lado a otro de la mesa.

Sin embargo, entre el bizcocho y el experimento tocaba la hora de echarse la siesta. Uno de los niños se puso como una fiera porque no quería dormir, lo cual era extraño porque siempre quiere y porque, durante el almuerzo, había mostrado su intención de descansar con un gesto muy elocuente. Algo no encajaba.

El miércoles tuvo otra reacción violenta en el gimnasio, cuando hacíamos deporte. Se metió debajo de las gradas y no quería salir. Cuando llegó la hora de irnos y hubo que sacarlo a la fuerza, la cosa se puso muy fea. Sobre todo cuando lograron sacarlo y él seguía intentando meterse debajo. Él sacó su agresividad y acabó llorando a mares en los brazos de una trabajadora. Su rabia y su posterior desconsuelo era como la típica reacción de una persona cuando se entera de una dramática noticia que le afecta personalmente.

Este chico tuvo una semana muy dura. Más de lo normal. Entró fuera de control en demasiadas situaciones, así que pensamos que ocurría algo más que no sabemos. Quizá mantenía la excitación del día de Navidad porque cada dos por tres nombraba (con gestos) a Papá Noel. Como si estuviese esperando que regresase y cada día que pasará fuese una nueva desilusión que le incrementase una mala emoción.

El día 31, el último de este extraño 2020, hicimos galletas. Me quedé solo con dos niños a los que se puede manejar perfectamente. El problema es que uno de ellos, una niña, me habla mucho en lituano a pesar de que le dicen que no la entiendo. Pues claro, yo respondo que sí a todo. Cuando estábamos comiendo, les dijo a mis compañeras de trabajo que le había respondido que iría a trabajar el día 1, y mis compañeras me preguntaron si sabía que era festivo. Y tuve que explicarles que cuando me habla le digo que sí a todo, mejor eso que ignorarla. Fue una situación graciosa.

Lo mejor del último día del año fue que la limpiadora del centro se jubilaba. Trajo una bolsa llena de chocolatinas. Cada una, envuelta con una imagen diferente y con un postit pegado en el que había escrita una palabra. Yo saqué aleatoriamente mi chocolatina, y seguro que no había otra más adecuada para mí. La imagen era una de unas palmeras, con mar en segundo plano, y una colina en el tercero. Podría haber sido alguna esquina de Canarias perfectamente. Pero es que la palabra era "Recuerdos". Según la mujer que nos dio las chocolatinas, la combinación de la imagen y de la palabra es lo que me espera este 2021.

Por la noche, tocó arreglarse para despedir el año. Cenamos Cepelinai, un plato típico de Lituania que estaba muy rico. Obra de Clémentas, por cierto. Y después nos pusimos a beber y jugar a distintos juegos. Justo antes de la media noche, empezaron a lanzar muchísimos fuegos artificiales desde casi todos los puntos de la ciudad. Nuestra situación privilegiado provocó que viésemos casi todo el horizonte lleno de fuegos artificiales. La escena fue sencillamente impresionante. Y así fue como partí el año, por primera vez, sin ver las campanadas, sin uvas y sin nada. 


 


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