Día 109: Impulsos

El martes viví una escena en la que quedó demostrado como estos niños no pueden contener sus impulsos. Una niña quería desatar por sí misma a uno de los chicos que va en silla de ruedas y meterlo en la cama. Evidentemente, no se lo permití y su reacción fue pegarme con todas sus fuerzas. Que son bastantes porque tiene 14 años y es grande para su edad. A pesar de los golpes, yo insistí y ella seguía. Muy poco después, entró en razón, se dio cuenta de que su comportamiento no fue correcto, y me pidió disculpas dándome un abrazo. En definitiva, nada más pegarme se arrepintió porque no quería hacerlo, pero no pudo contener el impulso de rabia que se género en ella y su representación a base de golpes. Esa dificultad de controlarse a uno mismo es lo que más empatía requiere por parte de la población que no sufre discapacidad. 

Más tarde, estuvimos en la sala de música escuchando a la madre de la niña con las amigas con las que tiene una agrupación que canta de una forma peculiar y tradicional. Se trata de que alguien emite unos sonidos y se lo pasa a la siguiente persona, y así sucesivamente entre todas las personas que participen. Pero cada uno nunca para de emitir el sonido. Y quién lo recibe debe empezar en un distinto tiempo que la anterior persona. Es decir, que no se solapan exactamente los sonidos. Es curioso escuchar como, según se van sumando nuevos participantes el sonido va cambiando completamente. Me he explicado de culo, lo sé.
 

 

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