Día 104: Hola, les habla la policía
En el trabajo en el centro encuentras un dilema complicado de resolver. Por un lado, tienes que educar a los niños, y eso implica parar sus malos comportamientos por mucho que se empeñen. Por otro, no quieres que se enfaden y despierten su ira. El equilibrio es realmente complejo de conseguir. Y el miércoles yo viví las consecuencias. Uno de los niños quería apagar las luces de una habitación en la que había más gente y yo se lo impedí en repetidas ocasiones. Desde entonces, empezó a lanzarme cosas, a intentar quitarme la mascarilla con brusquedad y a cerrarme la puerta para no dejarme entrar a donde iba. Lo tienes que asumir y esperar a que se le pase el cabreo. Y el cabreo se pasa cuando ocurre algo que sirva como una especie de antes y después en el día, que se olvide un poco de lo sucedido antes. Eso fue el almuerzo. Tras comer, recuperamos la "normalidad" de la situación. El martes habíamos pasado tiempo en el parque y la cancha los dos solos, corriendo y jugando a la pelota. Fueron los minutos más "íntimos" y de colegueo de todos los que habíamos compartido. Así que su enfado al día siguiente me mosqueó un poco. Aunque lo pero estaba por llegar porque por la tarde, su cabreo volvió a su cabeza de alguna manera y empezó a tirarme piedras, como si algo hubiese hecho click en su cabeza. Ahí me tuve que poner realmente serio y hasta usar un poco de fuerza bruta para que parase. Básicamente, le agarré los brazos y se puso a gritar para que le soltase. Cuando vio que yo no reaccionaba, se cayó y aceptó su derrota. Es una situación dura pero después sientes la satisfacción de haberlo podido controlar. Sobre todo, sabiendo que es por su bien.



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