El viernes por la mañana pasó una cosa en el centro de
día que demuestra la escasa o nula sensibilidad de mucha gente con las
personas con discapacidad. Vino un cámara de a grabar la rutina que
hacemos entre las 10:00 y las 11:00, que incluye bailes, un círculo en
el que hablamos sobre los deseos para ese día, contamos cuál es nuestro
ánimo y organizamos en una pizarra qué fecha es y qué clima hace. Todo
conlleva un orden que no se puede romper porque los chicos y chicas se
confunden muy fácilmente y es posible que incluso se enfaden, siendo muy
difícil que recuperen la alegría durante el resto del día.
Pues
bien, el cámara se empeñaba en romper ese orden con el único objetivo
de conseguir mejores planos. Y por mucho que le decías que no era
posible porque sería difícil para los chavales cambiarle hasta un mínimo
detalle de ese orden, insistía. Además, no hacía falta ser un Premio
Nobel para darse cuenta de que la sola presencia de la cámara ya
alteraba a algunos de los chicos. Se respiraba cierta superioridad en el
cámara, como si su trabajo fuera más importante no sólo que el de las
trabajadoras sociales, sino también más importante que las consecuencias
que podían suponer para los chicos y chicas cambiarles la rutina.
Por
suerte, el resto del día fue mucho mejor. Por la noche volvimos a salir
al pub del ascensor, como todos los fines de semana. Conocimos a una
antena, una voluntaria me pegó, y otro de repente compró una botella de
vino que nos dejó a todos medio piripis. El sábado fui a un lago
precioso donde la gente pesca y sale en barco. Por la noche, volvimos al
pub del ascensor en el que fue mi peor día de fiesta porque estaba
reventado y hasta me olvidé de todo para centrarme en la pelea de Khabib
que estaba en la tele. Aborrezco la UFC, pero prefería atender la tele
en modo de descanso. De todas formas, volví pronto a casa. Ya el domingo
desayuné fuet de la marca El Pozo que encontré en el súper. Y después
de la comida fuimos a jugar al baloncesto a una cancha que está al lado
de un instituto. Veíamos a mucha gente entrando para votar en la segunda
ronda de las elecciones, que ha ganado el centroderecha. Mientras los
lituanos votaban, en la cancha iba todo bien hasta que empecé a besar el
suelo, hasta en cuatro ocasiones. Así, pasó el último fin de semana
antes de las restricciones para frenar el covid. Los próximos serán muy
diferentes.

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