Días 43, 44 y 45: El cámara

El viernes por la mañana pasó una cosa en el centro de día que demuestra la escasa o nula sensibilidad de mucha gente con las personas con discapacidad. Vino un cámara de a grabar la rutina que hacemos entre las 10:00 y las 11:00, que incluye bailes, un círculo en el que hablamos sobre los deseos para ese día, contamos cuál es nuestro ánimo y organizamos en una pizarra qué fecha es y qué clima hace. Todo conlleva un orden que no se puede romper porque los chicos y chicas se confunden muy fácilmente y es posible que incluso se enfaden, siendo muy difícil que recuperen la alegría durante el resto del día.

Pues bien, el cámara se empeñaba en romper ese orden con el único objetivo de conseguir mejores planos. Y por mucho que le decías que no era posible porque sería difícil para los chavales cambiarle hasta un mínimo detalle de ese orden, insistía. Además, no hacía falta ser un Premio Nobel para darse cuenta de que la sola presencia de la cámara ya alteraba a algunos de los chicos. Se respiraba cierta superioridad en el cámara, como si su trabajo fuera más importante no sólo que el de las trabajadoras sociales, sino también más importante que las consecuencias que podían suponer para los chicos y chicas cambiarles la rutina. 

Por suerte, el resto del día fue mucho mejor. Por la noche volvimos a salir al pub del ascensor, como todos los fines de semana. Conocimos a una antena, una voluntaria me pegó, y otro de repente compró una botella de vino que nos dejó a todos medio piripis. El sábado fui a un lago precioso donde la gente pesca y sale en barco. Por la noche, volvimos al pub del ascensor en el que fue mi peor día de fiesta porque estaba reventado y hasta me olvidé de todo para centrarme en la pelea de Khabib que estaba en la tele. Aborrezco la UFC, pero prefería atender la tele en modo de descanso. De todas formas, volví pronto a casa. Ya el domingo desayuné fuet de la marca El Pozo que encontré en el súper. Y después de la comida fuimos a jugar al baloncesto a una cancha que está al lado de un instituto. Veíamos a mucha gente entrando para votar en la segunda ronda de las elecciones, que ha ganado el centroderecha. Mientras los lituanos votaban, en la cancha iba todo bien hasta que empecé a besar el suelo, hasta en cuatro ocasiones. Así, pasó el último fin de semana antes de las restricciones para frenar el covid. Los próximos serán muy diferentes. 



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