Hemos
cambiado la hora y eso provoca que a las 18:00 ya sea prácticamente de
noche cerrada. Son los primeros días, así que todavía no he notado las
consecuencias reales de que cuando llegue a casa ya no disponga de horas
de luz. Es un cambio vital importante que, casi de forma inconsciente,
reduce tu vida a pasar mucho más tiempo en casa. Una circunstancia
apoyada también por el frío creciente día tras día. Este contexto
provoca que la vida sea muy distinta a la de España.
Aunque
tengo un argumento a mi favor para creer que me adaptaré sin problema.
Ya puedo decir que me he acostumbrado al horario de comidas. Ese de
desayunar lo antes posible, comer a las 12 y cenar a las 19:00. Es
verdad que a veces mi estómago me echa un poco la bronca por el cambio,
pero lo estoy sobrellevando mejor de lo que esperaba. Mis padres me
preguntan mucho por la comida, creo que es lo que más les preocupa.
Además, teniendo en cuenta que en mis primeros años en Madrid me
alimentaba a base de pasta y arroz y el San Jacobo era como el plato
pijo de la semana. Lleve demasiado al extremo la vida de estudiante. Y
quizá no quieren que haga lo mismo con la vida de voluntario. Pero es
que está ocurriendo justo lo contrario. Estoy cocinando bastante y bien.
Este día, de hecho, hice pisto manchego. Mi primera vez y me quedó muy
rico. Incluso tenía un sabor muy reconocible a pisto. Este año quiero
introducir a mis compañeros de piso en la gastronomía española,
especialmente a las recetas con verduras porque Lalou no come carne. Y
de paso, aprovechar para aprender yo a cocinar esos platos.
Por
cierto, el tubo de burbujas y colores que tenemos en el centro de día
es espectacular. Y tiene un resultado muy interesante en la relajación
de los niños.
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