Día 42: Hablemos en serio sobre el baloncesto en Kaunas

Hoy os quiero hablar de baloncesto. De cómo se vive en Lituania, y en especial en la ciudad de Kaunas, que vio crecer a uno de los mejores "centers" pasadores de la historia (si no el mejor), Avrydas Sabonis. Él mismo es ahora el presidente del club de la ciudad, el Zalgiris. El jueves jugaba contra el Valencia, partido al que llegaban después de haber logrado cuatro victorias en las cuatro primeras jornadas de la Euroliga, siendo el único invicto. El encuentro se disputaba en el Zalgirio Arena, un pabellón moderno con capacidad para unas 15.000 personas. Una cifra enorme si tenemos en cuenta que en Kaunas solo viven unas 300.000. Desde que me dirigía al pabellón se notaba que la ciudad cambiaba en algo básico como es el tráfico. De repente, había más coches de lo habitual por las carreteras, y todos dirigiéndose hacia el centro, hacia el pabellón, produciéndose largos atascos. Ya en los alrededores del Arena, alucina ver cómo todo el mundo viste de verde, algo que se corrobora dentro. Cuando vas al fútbol o al baloncesto en cualquier otra parte del mundo, cuesta ver a tanta gente vistiendo los colores del equipo. Me atrevería a decir que un 95% de los espectadores iba de verde, lo cual le daba una imagen espectacular al pabellón.

El compromiso y la estrecha relación (casi carnal) de la afición con el equipo se nota desde el primer momento. Se palpa una emoción de esas que solo se sienten el día del nacimiento de un hijo, de tu boda, de cuando un ser querido abandona un hospital... El Zalgiris es uno más en las familias de Kaunas, se le anima con la voz alzada sin temor a las consecuencias para la garganta desde el primer al último minuto, desde los rituales de palmas e himnos previos al pitido inicial. A los jugadores se les presenta con fuego, humo, show lumínico y un estruendoso griterío, como si estuviesen un peldaño por encima de lo que conocemos como humanidad. Hay algo. Se siento algo. Igual que cuando estuve en el Madison sentí que allí había algo distinto, la grandeza, el lujo, la exigencia. Pero en Nueva York esas sensaciones procedían del entorno meramente arquitectónico. En Kaunas las emociones las generaba el contexto ambiental, la gente. Esa gente que levantaba los brazos con cada triple, que entonaba el nombre de su equipo con un orgullo espartano. Cuando estuvieron ganando, pero también en el tercer cuarto, cuando encajaron un 12-30 en contra que puso las cosas muy difíciles.

Aunque lo más impresionante llegó al final, cuando ya todo el mundo sabía que el partido estaba perdido. Entonces, todo el pabellón se puso de pie y empezó a aplaudir y a cantar para animar de su equipo como si el partido estuviese a punto de empezar. Es la derrota más bonita que he vivido en mi vida. Una derrota que pone los pelos de punta y hasta da ganas de volver a perder una y otra vez. Porque en la victoria es fácil animar, pero en la derrota es emocionante. Y así comprendí definitivamente lo que ya intuía, que el baloncesto en Lituania (especialmente en Kaunas) es literalmente una religión con su Dios Sabonis, y con su "hijo" que llegó tiempo después para redimir al club de sus pecados y hacerlo resucitar hasta una nueva final four de Euroliga. Estoy hablando de Sarunas Jasikevicius, que en Kaunas es venerado como Jesucristo. Sin exagerar. Puedo seguir escribiendo, intentando explicar lo que sentí durante el partido de anoche, intentando entender qué significa el baloncesto aquí. Pero lo cierto es que puedo tener la pluma, pero no los genes kaunásticos que son lo único que te proporcionan una comprensión completa de lo que es el basket en esta magnífica ciudad.
 



 

Comentarios

Entradas populares