Hoy os quiero hablar de baloncesto. De
cómo se vive en Lituania, y en especial en la ciudad de Kaunas, que vio
crecer a uno de los mejores "centers" pasadores de la historia (si no el
mejor), Avrydas Sabonis. Él mismo es ahora el presidente del club de la
ciudad, el Zalgiris. El jueves jugaba contra el Valencia, partido al
que llegaban después de haber logrado cuatro victorias en las cuatro
primeras jornadas de la Euroliga, siendo el único invicto. El encuentro
se disputaba en el Zalgirio Arena, un pabellón moderno con capacidad
para unas 15.000 personas. Una cifra enorme si tenemos en cuenta que en
Kaunas solo viven unas 300.000. Desde que me dirigía al pabellón se
notaba que la ciudad cambiaba en algo básico como es el tráfico. De
repente, había más coches de lo habitual por las carreteras, y todos
dirigiéndose hacia el centro, hacia el pabellón, produciéndose largos
atascos. Ya en los alrededores del Arena, alucina ver cómo todo el mundo
viste de verde, algo que se corrobora dentro. Cuando vas al fútbol o al
baloncesto en cualquier otra parte del mundo, cuesta ver a tanta gente
vistiendo los colores del equipo. Me atrevería a decir que un 95% de los
espectadores iba de verde, lo cual le daba una imagen espectacular al
pabellón.
El compromiso y
la estrecha relación (casi carnal) de la afición con el equipo se nota
desde el primer momento. Se palpa una emoción de esas que solo se
sienten el día del nacimiento de un hijo, de tu boda, de cuando un ser
querido abandona un hospital... El Zalgiris es uno más en las familias
de Kaunas, se le anima con la voz alzada sin temor a las consecuencias
para la garganta desde el primer al último minuto, desde los rituales de
palmas e himnos previos al pitido inicial. A los jugadores se les
presenta con fuego, humo, show lumínico y un estruendoso griterío, como
si estuviesen un peldaño por encima de lo que conocemos como humanidad.
Hay algo. Se siento algo. Igual que cuando estuve en el Madison sentí
que allí había algo distinto, la grandeza, el lujo, la exigencia. Pero
en Nueva York esas sensaciones procedían del entorno meramente
arquitectónico. En Kaunas las emociones las generaba el contexto
ambiental, la gente. Esa gente que levantaba los brazos con cada triple,
que entonaba el nombre de su equipo con un orgullo espartano. Cuando
estuvieron ganando, pero también en el tercer cuarto, cuando encajaron
un 12-30 en contra que puso las cosas muy difíciles.
Aunque
lo más impresionante llegó al final, cuando ya todo el mundo sabía que
el partido estaba perdido. Entonces, todo el pabellón se puso de pie y
empezó a aplaudir y a cantar para animar de su equipo como si el partido
estuviese a punto de empezar. Es la derrota más bonita que he vivido en
mi vida. Una derrota que pone los pelos de punta y hasta da ganas de
volver a perder una y otra vez. Porque en la victoria es fácil animar,
pero en la derrota es emocionante. Y así comprendí definitivamente lo
que ya intuía, que el baloncesto en Lituania (especialmente en Kaunas)
es literalmente una religión con su Dios Sabonis, y con su "hijo" que
llegó tiempo después para redimir al club de sus pecados y hacerlo
resucitar hasta una nueva final four de Euroliga. Estoy hablando de
Sarunas Jasikevicius, que en Kaunas es venerado como Jesucristo. Sin
exagerar. Puedo seguir escribiendo, intentando explicar lo que sentí
durante el partido de anoche, intentando entender qué significa el
baloncesto aquí. Pero lo cierto es que puedo tener la pluma, pero no los
genes kaunásticos que son lo único que te proporcionan una comprensión
completa de lo que es el basket en esta magnífica ciudad.
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