Día 5: La cerveza y el bizcocho

Hoy hacía un día precioso, tanto que se disfrutaba hasta desde casa. Tengo una ventana gigante en el cuarto y no sabéis el solazo que entraba esta mañana. Nada más despertarme me he quedado más de una hora tumbado, sin hacer nada, como si estuviera en la playa, con los rayos de sol acurrucándome. Y lo único que ha conseguido levantarme ha sido el timbre. ¡Era la compra! Cinco bolsas de papel y ningún producto reconocible. Es que ni la verdura. Las cebollas eran tres veces más pequeñas que en España, los puerros el triple de grandes o el tomate es vigoréxico. 
 
 
Lo mejor de toda la compra ha sido mi primera cerveza lituana. Estaba riquísima y bien fuerte, con más alcohol que lo habitual en España. Me la bebí en la ventana, viendo niños pasar con sus padres, parejas jóvenes, gente en bici... Añorando todo eso un poco. La cosa es que la cerveza me subió más de lo que pensaba y, a la vez, me entró hambre. Me empecé a comer una especie de lentejas minúsculas que tienen aquí que nos habían sobrado, pero no me gustaban. El otro día fue el ingrediente principal de la pizza, que sí estaba rica. Así que pensé, voy a hacer una masa de pizza. Fue un fracaso, no salió nada bien y cambié de planes. Di un giro de guión y comencé a preparar un bizcocho de zanahoria. Y oye, no pintaba nada mal. Pero después de media hora en el horno no había subido la masa. Lo dejé más, pero claro, tampoco podía en exceso porque se me quemaba. Al final tuve que sacarlo y no estaba hecho del todo, aunque sí tenía algo de consistencia. Lo probé y ni siquiera estaba rico. Creo que mi mala mano con la cocina se justifica en que iba medio piripi. La cerveza lituana me ha dado el primer aviso con mi primera botella, mejor antes y confinado que tarde y por ahí suelto.

 

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