Día 2: Aterrizaje satisfactorio
He llegado a Kaunas a las 10:40 hora local (dos más que
en Canarias) y ha sido mi primer día de cuarentena, esa palabra de
ciencia ficción con la que nos hemos familiarizado. Aún no sabremos si
estaremos aislados 14 días o 10, dependerá de cuándo nos puedan realidad
una PCR, además de la que ya me hice en España para poder entrar en el
país.
Mi edificio es
típico soviético tiene muchos gemelos por la zona y cada uno está
marcado por un número grande en la fachada. Lo cierto es que ese tipo de
arquitectura no destaca por su belleza, la imagen es más bien de
rigidez, muy dura. Pero estos inmuebles contrastan justo con los que
están muy cerca y se ven desde mi ventana, casas unifamiliares con
techos a dos aguas, que le dan un aire más rústico a un entorno que ya
de por sí está repleto de naturaleza. Es increíble lo verde que es la
ciudad, de arriba a abajo. En España hay zonas verdes en medio de los
núcleos urbanos, aquí el núcleo urbano se reparte en medio de la zona
verde.
Por suerte, mi
piso está situado de tal forma que me permite tener una vista preciosa a
toda esa naturaleza. Las vistas fue una de las cosas que me ha hecho
decidir respecto a la habitación. Tengo todo un horizonte delante, sin
ningún edificio que me tape y a lo lejos se ve la Basílica de la
Resurrección de Cristo, un edificio religioso contemporáneo, gigante,
que a mí me recuerda a una nave industrial. Pero tiene un encanto
extraño, quizá es precisamente lo distinto que es al resto de típicos
inmuebles gigantescos que ha levantado la Iglesia durante su historia.
Podía
escoger entre tres habitaciones y me he desplazado a las tres. Pero al
final creo que he seleccionado la adecuada. Es más grande que cualquiera
en la que haya vivido en Madrid sin duda alguna y tiene una cama de
matrimonio en la que, seguro, pasaré más tiempo que sentado en el
escritorio. Del resto de la casa, me llama la atención una cosa, el
váter y la bañera están separados en cuartos independientes. Que en
España lo tengamos en el mismo es una severa estupidez y creo que todos
lo hemos sufrido alguna vez.
Lo
primero que he visto al llegar, antes de entrar al edificio, ha sido
cuatro canastas de baloncestos (como no podía ser de otra forma en una
ciudad que es cuna del baloncesto europeo) colocadas a los lados de una
zona asfaltada que los vecinos usan como parking. Aparcan los coches
ahí, pero intentando permitir que su alguien quiere jugar al baloncesto,
pueda hacerlo. Yo lo haré cuando termine la cuarentena, porque encima
uno de los anteriores inquilinos ha dejado un balón. Mi compañero de
piso belga (y pelirrojo, que está aquí como voluntario de apoyo a
inmigrantes) me ha dicho que le mola el basket, que se bajará conmigo y
que iremos a ver al Zalgiris Kaunas. La cosa ha empezado bien, muy bien,
y parece ser que me hago entender en inglés, que era uno de los miedos
que más tenía. Me ha dado una barrita de chocolate que ha traído de su
país y estaba increíble pero, sin que se entere, no hay nada como una
Tirma.
Hace un momento
acaba de entrar una nueva compañera, de Francia. No he intercambiado ni
una palabra con ella porque el belga se ha lanzado a hablar en francés,
el muy pillín. Tiene cara de no romper un plato pero pasa de cero a sexy
en 1 segundo.
La otra
persona que he conocido ha sido Kornelija, mi tutora. Muy simpática y
muy dispuesta a ayudarme en lo que sea. Nosotros, los voluntarios,
estamos agradecidos por esta oportunidad, pero se nota que quienes nos
acogen están también muy agradecidos de que vengamos a echar una mano a
su país. En general los lituanos parecen muy majos, excepto el policía
que me ha pedido la PCR, aunque lo entiendo, porque si algo destacaba a
la URSS era la relevancia de la autoridad. En España, por ejemplo,
ponemos a caldo a la policía o al Ejército, eso aquí es inconcebible. Ha
sido extraño la medición de temperatura, el control fronterizo y
rellenar los documentos necesarios vigilado por gente que viste como en
un laboratorio nuclear. Sin embargo, en la calle no llevan mascarilla.



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