Domingo. El gran día. El día del Lituania vs Eslovenia
en el Zalgirio Arena. El equipo que ganaba iba a los juegos, el
perdedor, de vacaciones. Vamos, que era una final. Sobre todo teniendo
en cuenta que los eslovenos podían clasificarse por primera vez para
unos juegos y, para los lituanos, significaría la primera vez que no lo
hacían. Además, en el campo estarían Doncic, Sabonis, Valanciunas... Se
daban todos los condicionantes para un gran espectáculo al que acudimos
tras bebernos cada uno un litro de cerveza en Laisves aleja, como el
resto de aficionados que llenaban de color verde la avenida principal.
Después, todos en masa andando al pabellón, al que supuestamente solo se
podía entrar con pasaporte de oportunidad, una PCR hecha 72 horas antes
o un test de antígenos 24 horas antes. Yo, de hecho, me levanté a las 7
para hacerme el test en una carpa que ha montado el gobierno en un
camping. Pero, en realidad, nadie me pidió nada, ni a mí ni a nadie,
solo la entrada.

Una vez
dentro, poco se puede explicar. El pabellón estaba lleno hasta la
bandera por primera vez desde que el covid obligó a reducir aforos.
Entre la relevancia del partido y las ganas por regresar a estos
ambientes, aquello era una bomba que explotaba con cada canasta lituana.
Por el lado contrario, Doncic desde el minuto uno ya daba un recital.
Fue tremendo. Acabó con 31 puntos, 13 asistencias y 11 rebotes.
Sencillamente sensacional. Gracias a él, ganó Eslovenia, que lo celebró
como si hubiesen ganado la medalla de oro. Pero lo impresionante de la
derrota es que, hasta tras el pitido final, los lituanos siguen
animando, pues imaginaos durante el partido cuando el equipo competía.
También me sorprendió el silencio respetuoso cuando sonó el himno
esloveno y, sobre todo, el aplauso posterior de toda la afición lituano.
Quizá la sorpresa se debe a que en España pintamos nuestro propio
himno.
Tras el partido,
cayó otra cerveza. Durante ese tiempo vimos a los eslovenos de
celebración y, a los lituanos, a pesar de haber caído en su propio campo
y quedarse fuera de los juegos por primera vez, felicitar a los
eslovenos y animarles para Tokio. Una cordialidad que puso punto y final
a una experiencia inolvidable, en un ambiente irrepetible. Gracias
Lituania por hacerme disfrutar tanto del baloncesto.
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