El jueves me convertí en madre. Sí, en madre. Me puse
una pelota debajo de mí suéter. Lo hice porque un niño quería ir con la
pelota a un sitio donde no admitimos pelotas, así que mi idea fue: quizá
sí le digo que me la dé para hacer algo gracioso como fingir que estoy
embarazada, consigo que no vaya con la bola a esa habitación. Y
funcionó. Funcionó durante un largo rato en el que decía que era una
mama embarazada, que ese niño era el padre, que éramos una familia, y le
pregunté cuál era el nombre del bebé. Su respuesta fue maravillosa.
"Mergaite", es decir, "niña". Simplemente "niña". Las trabajadoras y los
niños se descojonaban con la broma del embarazo fingido, que era eso,
una broma, pero muy útil para evitar una situación tensa con uno de los
niños.
Después, hice
ejercicio como pocas veces. En el centro de día tenemos un cancha de
baloncesto bastante grande, con máquinas de gimnasio en uno de sus
fondos. Y en el lateral, colchonetas azules de toda la vida sobre un
carro con ruedas. Los niños quitaron todas las colchonetas para dar
volteretas. Pero en un momento determinado, uno de los niños se subió al
carro y me pidió que le empujase. Al final, estuve una hora de un lado
para otro, corriendo con el carro por toda la pista, con un niño de 10
años encima, pero a veces también con otro de 17 que pesa cerca de los
90 kilos. Sudé como nunca pensé que se podría sudar en un país tan frío
como Lituania. Un país en el que el invierno dura más de tres meses y
que, además, cuando se va, regresa durante un tiempo en días esporádicos
en los que nieva a cántaros, graniza o sopla un viento congelado. El
jueves fue uno de esos días.
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