Día 189: Mergaite

El jueves me convertí en madre. Sí, en madre. Me puse una pelota debajo de mí suéter. Lo hice porque un niño quería ir con la pelota a un sitio donde no admitimos pelotas, así que mi idea fue: quizá sí le digo que me la dé para hacer algo gracioso como fingir que estoy embarazada, consigo que no vaya con la bola a esa habitación. Y funcionó. Funcionó durante un largo rato en el que decía que era una mama embarazada, que ese niño era el padre, que éramos una familia, y le pregunté cuál era el nombre del bebé. Su respuesta fue maravillosa. "Mergaite", es decir, "niña". Simplemente "niña". Las trabajadoras y los niños se descojonaban con la broma del embarazo fingido, que era eso, una broma, pero muy útil para evitar una situación tensa con uno de los niños.

Después, hice ejercicio como pocas veces. En el centro de día tenemos un cancha de baloncesto bastante grande, con máquinas de gimnasio en uno de sus fondos. Y en el lateral, colchonetas azules de toda la vida sobre un carro con ruedas. Los niños quitaron todas las colchonetas para dar volteretas. Pero en un momento determinado, uno de los niños se subió al carro y me pidió que le empujase. Al final, estuve una hora de un lado para otro, corriendo con el carro por toda la pista, con un niño de 10 años encima, pero a veces también con otro de 17 que pesa cerca de los 90 kilos. Sudé como nunca pensé que se podría sudar en un país tan frío como Lituania. Un país en el que el invierno dura más de tres meses y que, además, cuando se va, regresa durante un tiempo en días esporádicos en los que nieva a cántaros, graniza o sopla un viento congelado. El jueves fue uno de esos días.
 

 

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